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La cabeza de Rawi

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    Rubén Darío

    Al Dr. Gerónimo  Ramírez

    Para evitar un desastre
    estos versos no publico,
    pero a usted se los dedico
    por consejo de mi sastre.



    Amigo mío:

    A Ud. que tanto gusta de las cosas del misterioso Oriente: amigo de todo lo lujoso e imaginativo; a Ud. que tanto se engríe saboreando ese estilo mitad perlas, mitad mieles y flores, de las leyendas del Maestro Zorrilla; a Ud. mi querido Dr., que es tan benevolente con todo lo que sale de mi pobre pluma, dedico este poemita. Ya recordará Ud. cuando me indicó que escribiese algo como lo presente. Ahí va, pues. Siento que no haya resultado como yo quisiera...; pero, desgraciadamente, no he podido encontrar en ninguna parte el haschis de Theophile Gautier. ¡Qué vamos a hacer!

    Suyo siempre,

    Rubén Darío

    La cabeza del rawi
    (Cuento oriental)

    A Emelina.

             I 

    ¿Cuentos quieres, niña bella?
    Tengo muchos que contar:
    de una sirena de mar,
    de un ruiseñor y una estrella,
    de una cándida doncella
    que robó un encantador,
    de un gallardo trovador
    y de una odalisca mora,
    con sus perlas de Bassora
    y sus chales de Lahor.

             II 

    Cuentos dulces, cuentos bravos,
    de damas y caballeros,
    de cantores y guerreros,
    de señores y de esclavos;
    de bosques escandinavos
    y alcázares de cristal;
    cuentos de dicha inmortal,
    divinos cuentos de amores
    que reviste de colores
    la fantasía oriental.

             III

    Dime tú: ¿de cuáles quieres?
    Dicen gentes muy formales
    que los cuentos orientales
    les gustan a las mujeres;
    así, pues, si eso prefieres
    verás colmado tu afán,
    pues sé un cuento musulmán
    que sobre un amante versa,
    y me lo ha contado un persa
    que ha venido de Hispahán.

             IV

    Enfermo del corazón
    un gran monarca de Oriente,
    congregó inmediatamente
    los sabios de su nación;
    cada cual dio su opinión,
    y sin hallar la verdad
    en medio de su ansiedad,
    acordaron en consejo
    llamar con presura a un viejo
    astrólogo de Bagdad.

             V 

    Emprendió viaje el anciano;
    llegó, miró las estrellas;
    supo conocer en ellas
    las cuitas del soberano;
    y adivinando el arcano
    como viejo sabidor,
    entre el inmenso estupor
    de la cortesana grey,
    le dijo al monarca: -!Oh Rey!
    Te estás muriendo de amor.

             VI

    Luego, el altivo monarca,
    con órdenes imperiosas
    llama a todas las hermosas
    mujeres de la comarca
    que su poderío abarca;
    y ante el viejo de Bagdad,
    escoge su voluntad
    de tanta hermosura en medio,
    la que deba ser remedio
    que cure su enfermedad.

             VII

    Allí ojos negros y vivos;
    bocas de morir al verlas,
    con unos hilos de perlas
    en rojo coral cautivos;
    allí rostros expresivos;
    allí como una áurea lluvia,
    una cabellera rubia;
    allí el ardor y la gracia,
    y las siervas de Circasia
    con las esclavas de Nubia.

             VIII

    Unas bellas, adornadas
    con diademas en las frentes,
    con riquísimos pendientes
    y valiosas arracadas;
    otras con telas preciadas
    cubriendo su morbidez;
    y otras, de marmórea tez,
    bajas las frentes y mudas,
    completamente desnudas
    en toda su esplendidez.

             IX

    En tan preciada revista,
    ve el Rey una linda persa
    de ojos bellos y piel tersa,
    que al verle baja la vista;
    el alma del Rey conquista
    con su semblante la hermosa,
    y agitada y ruborosa
    tiembla llena de temor
    cuando el altivo Señor
    le dice: -Serás mi esposa.

             X

    Así fue. La joven bella
    de tez blanca y negros ojos,
    colmó los reales antojos
    y el Rey se casó con ella.
    ¿Feliz, dirás, tal estrella,
    Emelina? No fue así:
    no es feliz la Reina allí
    la linda persa agraciada,
    porque ella está enamorada
    de Balzarad el rawí.

             XI

    Balzarad tiene en verdad
    una guzla en la garganta,
    guzla dúlcida que encanta
    cuando canta Balzarad.
    Vióle un día la beldad
    y oyó cantar al rawí;
    de sus labios de rubí
    brotó un suspiro temblante...
    Y Balzarad fue el amante
    de la celestial hurí.

             XII

    Por eso es que triste se halla
    siendo del monarca esposa,
    y el tiempo pasa quejosa
    en una interior batalla.
    Del Rey la cólera estalla,
    y así le dice una vez:
    -Mujer llena de doblez:
    di si amas a otro, falaz.-

    Y entonces de ella en la faz
    surgió vaga palidez.

             XIII

    -Sí -le dijo-, es la verdad;
    de mi destino es la ley:
    yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!
    porque adoro a Balzarad.-

    El Rey, en la intensidad,
    de su ira, entonces, calló;
    mudo, la espalda volvió;
    mas se vía en su mirada
    del odio la llamarada,
    la venganza en que pensó.

             XIV

    Al otro día la hermosa
    de parte de él recibió
    una caja que la envió
    de filigrana preciosa;
    abrióla presto curiosa
    y lanzó, fuera de sí,
    un grito; que estaba allí
    entre la caja, guardada,
    lívida y ensangrentada
    la cabeza del rawí.

             XV

    En medio de su locura
    y en lo horrible de su suerte,
    avariciosa de muerte
    ponzoñoso filtro apura.
    Fue el Rey donde la hermosura,
    y estaba allí la beldad
    fría y siniestra, en verdad,
    medio desnuda y ya muerta,
    besando la horrible y yerta
    cabeza de Balzarad.

             XVI

    El Rey se puso a pensar
    en lo que la pasión es,
    y poco tiempo después
    el Rey se volvió a enfermar.

     

    La cabeza de Rawi © Yoyita

     
     
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    La cabeza del Rawi, Rubén Darío Derechos Reservados 1976-2007 © Dr. Gloria M. Sánchez Zeledón de Norris. Presione aquí   la cabeza del rawi para comunicarse con la artista

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