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No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de
plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina,
son
los Bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta
todo
digno hombre que algo conserve de la leche de la Loba (2).
Y los he visto a esos /yankees/, en sus abrumadoras ciudades de
hierro y
piedra y las horas que entre ellos he vivido las he pasado con una
vaga
angustia. Parecíame sentir la opresión de una montaña, sentía
respirar
en un país de cíclopes, comedores de carne cruda, herreros bestiales,
habitadores de casas de mastodontes. Colorados, pesados, groseros,
van
por sus calles empujándose y rozándose animalmente, a la caza del
/dollar/. El ideal de esos calibanes está circunscrito a la bolsa y
a la
fábrica. Comen, comen, calculan, beben whisky y hacen millones.
Cantan
¡/Home, sweet home/! y su hogar es una cuenta corriente, un /banjo/,
un/
/negro y una pipa. Enemigos de toda idealidad, son en su progreso
apoplético, perpetuos espejos de aumento; pero su Emerson bien
calificado está como luna de Carlyle; su Whitman con sus versículos
a
hacha, es un profeta demócrata, al uso del Tío Sam; y su Poe (3), su
gran Poe, pobre cisne borracho de pena y de alcohol, fue el mártir
de su
sueño en un país en donde jamás será comprendido. En cuanto a Lanier
(4), se salva de ser un poeta para pastores protestantes y para
bucaneros y /cowboys/, por la gota latina que brilla en su nombre.
"¡Tenemos -- dicen -- todas las cosas más grandes del mundo!" En
efecto,
estamos allí en el país de Brobdingnag (5): tienen el Niágara, el
puente
de Brooklyn, la estatua de la Libertad, los cubos de veinte pisos,
el
cañón de dinamita, Vanderbilt, Gould (6), sus diarios y sus patas.
Nos
miran, desde la torre de sus hombros, a los que no nos ingurgitamos
de
bifes y no decimos /all right/, como a seres inferiores. París es el
guignol (7) de esos enormes niños salvajes. Allá van a divertirse y
a
dejar los cheques; pues entre ellos, la alegría misma es dura y la
hembra, aunque bellísima, de goma elástica.
Miman al inglés -- /but English you know?/ -- como el /parvenu/ (8)
al
caballero de distinción gentilicia.
Tienen templos para todos los dioses y no creen en ninguno; sus
grandes
hombres como no ser Edison, se llaman Lynch, Monroe, y ese Grant
cuya
figura podéis confrontar en Hugo, en /El año terrible/ (9). En el
arte,
en la ciencia, todo lo imitan y lo contrahacen, los estupendos
gorilas
colorados. Mas todas las rachas de los siglos no podrán pulir la
enorme
Bestia.
No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo
de
Calibán.
Por eso mi alma se llenó de alegría la otra noche, cuando tres
hombres
representativos de nuestra raza fueron a protestar en una fiesta
solemne
y simpática, por la agresión del /yankee/ contra la hidalga y hoy
agobiada España.
El uno era Roque Saenz Peña, el argentino cuya voz en el Congreso
panamericano opuso al /slang/ fanfarrón de Monroe una alta fórmula
de
grandeza continental (10), y demostró en su propia casa al piel roja
que
hay quienes velan en nuestras repúblicas por la asechanza de la boca
del
bárbaro.
Saenz Peña habló conmovido en esta noche de España, y no se podía
menos
que evocar sus triunfos de Washington. ¡Así debe haber sorprendido
al
Blaine (11) de las engañifas, con su noble elocuencia, al Blaine y
todos
sus algodoneros, tocineros y locomoteros!
En este discurso de la fiesta de /La Victoria/ (12) el estadista
volvió
a surgir junto con el varón cordial. Habló repitiendo lo que siempre
ha
sustentado, sus ideas sobre el peligro que entrañan esas mandíbulas
de
boa todavía abiertas tras la tragada de Tejas; la codicia del
anglosajón, el apetito /yankee/ demostrado, la infamia política del
gobierno del Norte; lo útil, lo necesario que es para las
nacionalidades
españolas de América estar a la expectativa de un estiramiento del
constrictor.
Sólo una alma ha sido tan previsora sobre este concepto, tan
previsora y
persistente como la de Saenz Peña: y esa fue -- ¡curiosa ironía del
tiempo! -- la del padre de Cuba libre, la de José Martí. Martí no
cesó
nunca de predicar a las naciones de su sangre que tuviesen cuidado
con
aquellos hombres de rapiña, que no mirasen en esos acercamientos y
cosas
panamericanas, sino la añagaza y la trampa de los comerciantes de la
/yankería/. ¿Qué diría hoy el cubano al ver que so color de ayuda
para
la ansiada Perla, el monstruo se la traga con ostra y todo?
En el discurso de que trato he dicho que el estadista iba del brazo
con
el hombre cordial. Que lo es Saenz Peña lo dice su vida. Tal debía
aparecer en defensa de la más noble de las naciones, caída al bote
de
esos yangüeses, en defensa del desarmado caballero que acepta el
duelo
con el Goliat dinamitero y mecánico.
En nombre de Francia, Paul Groussac. Un reconfortante espectáculo el
ver
a ese hombre eminente y solitario, salir de su gruta de libros (13),
del
aislamiento estudioso en que vive, para protestar también por la
injusticia y el material triunfo de la fuerza. No es orador el
maestro,
pero su lectura concurrió y entusiasmó, sobre todo al elemento
intelectual de la concurrencia. Su discurso, de un alto decoro
literario
como todo lo suyo, era el arte vigoroso y noble ayudando a la
justicia.
Y [ha] de oírse decir: "¿Qué? ¿Es éste el hombre que devora vivas
las
gentes? ¿Este es el descuartizador? ¿Es éste el condestable de la
crueldad?"
Los que habéis leído su última obra (14), concentrada, metálica,
maciza,
en que juzga al /yankee/, su cultura adventicia, su civilización,
sus
instintos, sus tendencias y su peligro, no os sorprenderíais al
escucharle en esa hora en que habló después de oírse la Marsellesa.
Sí,
Francia debía de estar de parte de España. La vibrante alondra gala
no
podía sino maldecir el hacha que ataca una de las más ilustres cepas
de
la vena latina. Y al grito de Groussac emocionado: "¡Viva España con
honra!" nunca brotó mejor de pechos españoles esta única respuesta:
"¡Viva Francia!"
Por Italia el señor Tarnassi. En una música manzoniana, entusiasta,
ferviente, italiana, expresó el voto de la sangre del Lacio; habló
en él
la vieja madre Roma, clarineó guerreramente, con bravura, sus
decasílabos. Y la gran concurrencia se sintió sacudida por tan
llameante
"/squillo di tromba/ (15)".
Pues bien; todos los que escuchamos a esos tres hombres,
representantes
de tres grandes naciones de raza latina, todos pensamos y sentimos
cuán
justo era ese desahogo, cuán necesaria esa actitud y vimos palpable
la
urgencia de trabajar y luchar porque la Unión latina no siga siendo
una
fatamorgana (16) del reino de Utopía, pues los pueblos, sobre las
políticas y los intereses de otra especie, sienten, llegado el
instante
preciso, la oleada de la sangre y la oleada del común espíritu. ¿No
veis
como el inglés se regocija con el triunfo del norteamericano,
guardando
en la caja del Banco de Inglaterra, los antiguos rencores, el
recuerdo
de las bregas pasadas? ¿No veis como el /yankee/, demócrata y
plebeyo,
lanza sus tres ¡hurras¡ y canta el /God save the Queen/, cuando pasa
cercano un barco que lleve al viento la bandera del inglés? Y
piensan
juntos: "El día llegará en que, los Estados Unidos e Inglaterra sean
dueños del mundo."
De tal manera la raza nuestra debiera unirse, como se une en alma y
corazón, en instantes atribulados; somos la raza sentimental, pero
hemos
sido también dueños de la fuerza. El sol no nos ha abandonado y el
renacimiento es propio de nuestro árbol secular.
Desde Méjico hasta la Tierra del Fuego hay un inmenso continente en
donde la antigua semilla se fecunda, y prepara en la savia vital, la
futura grandeza de nuestra raza; de Europa, del universo, nos llega
un
vasto soplo cosmopolita que ayudará a vigorizar la selva propia. Mas
he
ahí que del Norte, parten tentáculos de ferrocarriles, brazos de
hierro,
bocas absorbentes.
Esas pobres repúblicas de la América Central ya no será con el
bucanero
Walker con quien tendrán que luchar, sino con los canalizadores
/yankees/ de Nicaragua; Méjico está ojo atento, y siente todavía el
dolor de la mutilación; Colombia tiene su istmo trufado de hulla y
fierro norteamericano; Venezuela se deja fascinar por la doctrina de
Monroe y lo sucedido en la pasada emergencia con Inglaterra, sin
fijarse
en que con doctrina de Monroe y todo, los /yankees/ permitieron que
los
soldados de la reina Victoria ocupasen el puerto nicaragüense de
Corinto; en el Perú hay manifestaciones simpáticas por el triunfo de
los
Estados Unidos; y el Brasil, penoso es observarlo, ha demostrado más
que
visible interés en juegos de daca y toma con el Uncle Sam.
Cuando lo porvenir peligroso es indicado por pensadores dirigentes,
y
cuando a la vista está la gula del Norte, no queda sino preparar la
defensa.
Pero hay quienes me digan: "¿No ve usted que son los más fuertes?
¿No
sabe usted que por ley fatal hemos de perecer tragados o aplastados
por
el coloso? ¿No reconoce usted su superioridad?" Sí, ¿cómo no voy a
ver
el monte que forma el lomo del mamut? Pero ante Darwin y Spencer no
voy
a poner la cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo la
gran
Bestia.
Behemot (17) es gigantesco; pero no he de sacrificarme por mi propia
voluntad bajo sus patas, y si me logra atrapar, al menos mi lengua
ha de
concluir de dar su maldición última, con el último aliento de vida.
Y yo
que he sido partidario de Cuba libre, siquier fuese por acompañar en
su
sueño a tanto soñador y en su heroísmo a tanto mártir, soy amigo de
España en el instante en que la miro agredida por un enemigo brutal,
que
lleva como enseña la violencia, la fuerza y la injusticia.
"Y usted ¿no/ /ha atacado siempre a España?" Jamás. España no es el
fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de
la
América que no conoce; la España que yo defiendo se llama Hidalguía,
Ideal, Nobleza; se llama Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián,
Velázquez; se llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la Hija de
Roma, la
Hermana de Francia, la Madre de América.
¡Miranda preferirá siempre a Ariel; Miranda es la gracia del
espíritu; y
todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y de tocinos, no
bastarán para que mi alma latina se prostituya a Calibán!
[Publicado originalmente en la /Revista Iberoamericana/:
Carlos Jáuregui. "Calibán: icono del 98. A propósito de un artículo
de
Rubén Darío" </filosofos/nicaragua/dario/critica.htm> y "El triunfo
de
Calibán" (Edicion y notas). /Balance de un siglo (1898-1998)/.
Número
Especial, Coordinación de Aníbal González. /Revista Iberoamericana/
184-185 (1998): 441-455.]
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