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Idilio Marino Ruben Dario

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    Rubén Darío


    Idilio marino


    Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros
    viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está
    entronizada la vencedora en la irresistible omnipotencia de su desnudez.

    * * *

    En su blanca piel está la sal, el perfume marino de Anadiómena, y la
    serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y humillada, el
    soberano triunfo del encanto femenino: Europa sobre el lomo del toro, la
    Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta las
    uñas del león.

    Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol, en tanto que
    el mostruo recibe una caricia de la tentadora de la Mujer, que bajo el
    inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo
    impudor.

    LA CANCIÓN DEL INVIERNO

    Llueve. Negras nubes cubren el cielo azul y ocultan el sol, la luz, que,
    iluminando y calentando los cuerpos, calienta e ilumina las almas.

    Hace frío; hay oscuridad. También hay frío en el corazón y nieve en el alma.

    El invierno crudo, con sus nieves y el cierzo que azota, marchita las
    flores.

    En invierno, los días son oscuros como las noches.

    En el sepulcro reina la eterna noche.

    Cuando hay dulce tristeza, se duerme, y entonces se sueña y son rosados
    los sueños.

    En la tumba, donde también se duerme, ¿como serán, ¡oh Dios!, los
    sueños? Cuando se despierta, se sonríe al recuerdo de las delicias que
    vimos en el reposo. Luego, se frunce el ceño y se nubla la frente,
    estamos junto a la realidad, los sueños fueron sueños nada más.

    En la tumba, ¿no hay despertar? ¿No vienen tras forjadas ilusiones,
    hirientes realidades? ¿No habrá perfumes de flores, brillo de estrellas,
    luz de aurora, risas angélicas, calor celestial en el espíritu? ¡Oh!,
    las almas no tienen, de seguro, nieblas invernales, flores marchitas,
    nubes que oculten los luceros, borrascas que despedacen las barquillas,
    espinas ni dardos para el corazón, ni zarzas que arranquen las plumas de
    sus palomas inocentes.

    En el mundo, después de la tibieza del sol en el día y los resplandores
    plateados de la luna, los rayos luminosos de las estrellas y los dulces
    rumores en las noches de la primavera y el estío, viene el invierno. ¡El
    invierno que da frío y que marchita las flores y las ilusiones y con
    ellas la vida!

    El invierno es triste, es sombrío para los que no tienen calor que
    conforte el cuerpo y alegres ilusiones que animen el alma.

    Pero bendito eres, viejo invierno, cuando se oye caer la lluvia con
    lentitud, y la niebla densa nos rodea, y el frío llega con esa perezosa
    indolencia que nos invade, en tanto que, envueltos en suaves pieles,
    sentimos la luz que a la naturaleza falta, en el alma, y la primavera
    que se aleja, en el corazón.

    Oímos cantar a los pájaros, zumbar las abejas, mecerse en su tallo,
    graciosas, las azucenas, aspiramos el perfume de los heliotropos y los
    jazmines, escuchamos el rumor de la brisa en los altos árboles y vemos
    el rocío perlado que humedece la verde grama. Todo eso, dentro del corazón.

    ¿Hay nieve?

    ¡Bien venida! ¡Cómo se va a blanquear esa lluvia de plumas de cisne!

    ¿Hay frío?

    No se siente; dentro del pecho hay una hoguera que da vida, calor, luz.

    ¿Está todo mustio, marchitas las rosas, sin hojas los árboles?

    El alma está sonriendo. Allí hay flores cuyo perfume embriaga, allí
    nacen, crecen y son bellas, divinas plantas, hay allí música, armonía,
    versos, que animan, mientras con los ojos medio cerrados soñamos y
    alcanzamos ver, tras el manto gris del cielo, el rosa y azul de la
    aurora, con su sonrisa cepuscular.

    Hace frío y llueve y nieva. Al teatro, al baile, donde mil y mil luces
    brillan. En las chimeneas arde el fuego; la música vibra triunfante, y
    en medio de las risas juguetonas , se bailan los valses que dan vértigo,
    en tanto que las ilusiones vuelan y giran como locas mariposas. Los ojos
    brillan negros y profundos unos, azules y tiernos otros, y los labios
    rosados se agitan murmurando las dulces palabras. Y se oye caer la
    lluvia, y a la luz de los faroles se ve la nieve como una sábana de
    plata, y se dice en tanto:

    -¡Qué bello! Sí, es muy bello así el invierno.

    Qué horrible cuando se siente en el corazón y reina en el alma, y nos
    trae el frío que mata. Pasa y vuelve la primavera, y él aún no se aleja.

    Pero cuando las rosas no se marchitan y las mariposas no dejan de volar,
    en el jardín del ensueño, es hermoso ver blanquear los techos, ver los
    árboles sin hojas y el cielo plomizo. Alegre, acaricia el oído el ruido
    acompasado de la lluvia.

    ¡Bendito seas, viejo invierno!

    EL IDEAL

    Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella quien
    enamorar... Pasó, la vi como quien viera un alba , huyente, rápida,
    implacable.

    * * *

    Era una estatua antigua con alma que se asomaba a los ojos, ojos
    angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.

    * * *

    Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
    belleza, y me vio como una reina y como una paloma, pero pasó
    arrebatadora , triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
    pintor de la naturaleza y del Psiquis, hacedor de ritmos y castillos
    aéreos, vi el vestido luminoso del hada, y la estrella de su diadema, y
    pensé en la promesa ansiada del amor hermoso.

    * * *

    Mas de aquel rayo supremo y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro
    un rostro de mujer, un sueño azul.

    _IMPRESIONES Y SENSACIONES_

    MUSICAS NOCTURNAS

    Se nota la falta de españoles entre lo emigrantes. No se oyen las
    guitarras animadoras, ni las castañuelas, ni se ve danzar la jota o la
    seguidilla con acompañamiento de palmadas y jaleos.

    -Ciertamente, van gentes de otro espíritu y de otras costumbres. Apenas
    , en esta noche en que brilla la luna, se oye un precario acordeón que
    toca un vals vienés.

    Desde la masa humana de tercera sube esa música como con fatiga, y
    parece que todos escuchan en silencio. Arriba- e vidi quatro
    stelle-brilla la Cruz del Sur, y un creciente de luna platea la noche y
    pone una luz apacible sobre las aguas. El acordeón sigue en un danubio
    azul interminable. La orquesta a comenzado sus tocatas al otro lado del
    barco, en la veranda. Luego, hay un silencio, turbado apenas por el roce
    de las olasen el casco del vapor. Y en medio de ese silencio, de la masa
    humana de los emigrantes, brota un coro sonoro grave que se diría
    religioso en la tranquilidad de la poesía nocturna. Son los alemanes.
    Cantan,con su amor musical, una canción de su país, una de esas
    canciones que son propias a los hombres del Norte, hombres impregnados
    de del " vapor del arte" que han vivido cerca de las selvas oscuras y
    han oído, cerca de las ruinas de los castillos en que habitaron los
    viejos margraves, cantar sobre los árboles de leyenda de ruiseñores,
    lanzar sobre el Oéano su canto, hijos de la pensativa y melodiosa
    Germania, y no se sabria adonde dirigen el ímpetu ermonioso, si a la
    tierra antigua que dejaron , o a la nueva en donde ven surgir una esperanza.

    LOS CAPRICHOS DEL SOL

    El prodigio, siempre renovado, es el de la arquitectura de oro, de las
    ciudades fabulosas, de las visiones de encantamiento que forma el
    capricho de los ponientes sobre el horizonte oceánico. Tiros, Heliópolis
    de fuego, Ecbanatas de maravilla, surgen en el decorado de mil tintes y
    matices que el sol extiende sobre el cielo vespertino. No es el diálogo
    entre Hamlet y Polonio; en realidad vemos aparecer fantásticas figuras:
    monstruos, aves colosales, palacios anaranjados, escalas firmamentales
    como de plata viva,creaciones de un Pivaneso de delirio, de un Turner
    exacerbado, ríos de topacio entre rocas de carmín y arboledas brumosas y
    azuladas, y cien triunfos de color, y cien rompimientos, y cien aguas de
    perla, de metal de pedrería, se presentan a nuestra vista, para cambiar
    en seguida, para transformarse como el capricho de una luminosa
    fantasía. El espectáculo está en nosotros, y si cada cual lo mira
    conforme a su poder ideal y su mayor o menor frecuencia del ensueño, la
    voluntad inmensa que domina el acaso, y que no cuenta con nosotros,
    crea, combina para el instante en lo infinito.

    MONOTONIA DEL MAR

    ¡ Y otra vez! Momotonía de las travesías, de las gentes, siempre las
    mismas: hombres de negocios, viajantes de sus aburrimientos, apacibles
    mamás, inglesas tiesas, coquetas, cocotas; y en los amontonamientos de
    la tercera clase, los rebaños de la inmigración, las almas opacas o
    revueltas de la carne de fatiga, los que van soñando una ilusión de
    bienestar: Un Brasil, un Uruguay, una argentina de oro. Monotonía de la
    inmensidad de agua, que cambia a cada instante, permaneciendo la misma:
    los colores de los cristales del Océano son ya más oscuros, más
    brillantes, más transparentes; mas siempre es el terno espectáculo de
    esta divinidad visible y móvil, que llega a fatigar con su aspecto vasto
    e invariable. Apenas las fiestas del sol cambian, con sus decoraciones
    inauditas y sus rompimientos de oro y de piedras preciosas, la visión
    fatigante, y el corazón de la máquina ritma, también monotonamente, el
    paso del barco sobre las olas; y en ninguna parte como en medio de esta
    inmensa monotonía se despiertan en el espíritu dos misteriosos dones del
    alma: El recuerdo y la esperanza.

    LOS BOHEMIOS

    Son bohemios de verdad los que en la tercera clase manchan con los vivos
    y alegrescolores de sus vestidos vistosos la muchedumbre aglomeradade
    los trabajadores que van en busca de las tierras pingües y generosas. Es
    una numerosa tribi,que viene quién sabe de dónde y que habla no sé qué
    lengua áspera y bárbara: húngara, búlgaro, algo balcánico. Hay un
    anciano, muy anciano, que es el jefe, el patriarca. el y los otros
    hombres visten chaquetones oscuros, que tiene por botones profusas y
    enormes bellotas de plata. Otros llevan camisas rojas, o de telas que se
    dirían de cortinajes y tapicerías,de colores detonantes. Son fuertes,
    morenos y velludos. Uno tiene la cara de un chivo, a otro le forma el
    tupido pelo, recortado en redondo, como un capacete de seda espesa y
    renegrida. Son tipos de procreadores. Las mujeres son fuertes, macizas,
    de aspectos variados y de cierta belleza. Una, de perfil caucásico, ya
    de alguna edad, lleva al cuello y en las dos gordas trenzas que le caen
    por el pecho como hasta veinte antiguas onzas de oro de España. hay
    otras más jóvenes, hembras que revelan animalidad libre y larga
    fecundidad. Una se creería sacada de un bajo relieve, sensual, de ojos
    fogosos;otra es casi rubia; otra se juzgaría andaluza, y las hay con
    algo de razas nórdicas. Pero todas parecen doradas por el sol, cuyo
    retiro van buscando los cosroitas; todos traen a la memoria cuentos de
    mal de ojo y de buenaventura; todos hacen recordar versos de Richepin
    turanio de astaño; todos tiene la pátina de azar, el relente de la vida
    errante, el secreto quizá de la relativa felicidad, parientes de las
    bestias de los montes y de los pájaros del aire, predilectos de la luz,
    confidentes del mono, del perro y del oso, amantes del sol y de la
    libertad. Para comer tienen un tapiz en que hay simuladas admirablemente
    hojas de árbol, y allí toman el te de su samovar, con rajas de limón y
    pan que cortan con sus cuchillos y navajas. Y luego fuman, desde el niño
    de cuatro años, que parece un duende, hasta el viejo curtido por los
    vientos y soles, que se asemeja a un brujo.

    APUNTE

    La sabana es extensa y verde como el paño de un billar digno de Goliath
    o de Briareo.

    El carruale se desliza sobre la grama, que presenta a las ruedas una
    esponjosa suavidad de terciopelo. Arriba manchan de blanco y gris el
    cielo azul nubes desgarradasy avellonadas; algunas casi convertidas en
    una disuelta y vaga opacidad brumosa. Allá, en el fondo, se destacan los
    cerros sinuosos y ondulados, en los cuales sinfoniza al claro y dorado
    sol toda la gama del verde: verde mar, verde encadrenillado, verde que
    se confunde con una blancura pálida. Los caballos nos arrastran con
    andar acompasado y lento. Pasa un pájaro. Un poeta alaba a una diminuta
    y humilde flor campestre. Y el espíritu, contemplativo y soñador, goza
    de un misterioso y exquisito deleite, conmovido por la divina armonía de
    la naturaleza.

    CLEOPOMPO Y HELIODEMO

    Cleopompo y Heliodemo, cuyo filosofía es idéntica, gustan dialogar bajo
    el verde pali del platanar. Allí Cleopompo muerde manzanas epicúreas y
    Heliodemo fía al aire de su confianza en la eterna armonía:

    Mal haya quien las Parcas, inhumano, recuerde;

    si una sonora perla de la clepsidra pierde,

    no volverá a ofrecerlala mano que la envía.

    Una vaca aparece crepuscular. es la hora en que el grillo, en su lira,
    hace halagos a Flora y en el azul florece un diamante supremo y en la
    pupila enorme de la bestia apacible miran como que rueda en un ritmo
    visible de la música del mundo: Cleopompo y Heliodemo.

    EN EL MAR

    Es un mar de pizarra, con una multitud de florecimientos de nieve, es un
    mar gris oscuro,con mil puntos en donde estallan copos de espuma.

    Chente Quirós me llamó poeta niño.¡Pornógrafo!

    No me subleva el adjetivo.Víctor Hugo da ese nombre al formidable
    anciano Homero.

    Pero en el Océano me siento niño. Siento siempre aquella primera
    impresión de las potentes aguas inmensas; siento lo que tan
    admirablemnte expresó Pierre Loti. Me miro chico y pobre ante tanta
    grandeza y tanta riqueza. Una onda me canta la eterna canción de la
    esperanza, y otra me repite la salmodia misteriosa de los muertos. me
    acuerdo de los tristes poetas, de los pálidos soñadores, me acuerdo de
    los que van sobre el mar, de los que tienen un pensamiento y su corazón
    expuestos a los golpes del ala de la tempestad.

    Allí va una nube. ¿Adónde va? Es caprichosa como una mujer. Son tres
    hermanas, la mujer, la onda y al nube. A la primera, la increpó el Padre
    Eterno; a la segunda, el poeta Shakespeare, la tercera es la poliforme
    errabunda de la región azul.

    Se mueve como un corazón esta gran máquina que arrastra el navío. Es un
    organismo esta casa flotante: tiene aorta, nervios, cerebro, pulmones; y
    allá en lo alto del mástil, la banderade las estrellas: la bandera de la
    Libertad

    ¡Bendito sea el dios de los errantes, la providencia de los viajeros!

    ¡Bendito sea el que manda a Tobías el arcángel, a Colón los líquenes de
    américa, a Dante la soberana figura del dulce Virgilio!

    ELOGIO DE LOS GORDOS

    Viene a bordo un hombre de una gordura dominante y eminente. Este hombre
    gordo es comunicativo, conversador y ocurrente, amable y de humor
    risueño que no varía, ni aun con los calores ecuatoriales. Lo acompaña
    una dama grandiosa y capitosa, cuyos appas son de los que siempre alaban
    con preferncia los poetas que cita en sus narraciones la sutil
    Scheherezada de La smil y una noches. El gran portugués Eça de
    Queirozdice en alguna parte, hablando de no recuerdo cuál de sus
    personajes: Era un gordo, e portanto um prudente. Quizá la prudencia sea
    lo que falte a nuestro robusto compañero de navegación, pues a pesar de
    sus ciento cincuenta Kilos, se atreve a danzar sobre cubierta, con su
    alegre dama y otras gentiles pasajeras.

    Yo he de decir el eloio de los gordos, porque ellos no dan entrada a la
    mal aconsejadora melancolía. Casi siempre están de buen ánimo y saben el
    precio de la vida. Ríen de verdad,con la risa franca y sabrosa. Gozan de
    buen apetitoy digieren en la paz de su completa satisfacción. Los
    favorece el sentido común, la tranquilidad y la feliz armonía con los
    demás hombres . Raro, rarísimo será el gordo suicida. Si Bruto hubiera
    sido gordono hubiera asesinado a su bienhechor. No lo dice así
    propiamente Shakespeare, pero recrdad ls versos de Julio César.

    Los sueños y las visiones que perturban el ánimo no frecuentan a los
    gordos. Ved el flaco Don Quijote, asaetado de penas y cuidados, y al
    gordo Sancho , que sabe aprovechar el paso de la hora y llena el
    bandullo. Todo flaco paraen lívido y todo lívido maligno, por causa del
    mal funcionamiento corporal: la sana y bienhechora risa huye de los
    flacos, gentes a quien meser Goster no es procicio y cuyo hígado, órgano
    ilustre para los orietales, les hace malas bilis y peligrosas cóleras.

    Rabelais sabía bien todo esto, y en ello pudo extenderse M.Bergeret,
    maestro de conferencias, cuando su visita a Buenos Aires. El gordo del
    barco es ameno y afectuoso. Cuenta cuentos picantes; trata a los amigos
    ocasionales con regocijada confianza; juega a los juegos ingleses; como
    sandwichs, ríe con convicción y salud. Es un ser feliz. Y por su causa
    he escrito estas líneas , recordando a los abades conventuales, al noble
    rey Gambrinus y a sir John Falstaff, todos ellos de opulenta y rozagante
    memoria.

    _LA PROSA EN RUBÉN DARÍO_

    La grandeza de la poesía de RUBÉN DARÍO, contribuyó parcialmente
    a oscurecer la atención prestada a su obra en prosa. Sin
    embargo, hay ocho CUENTOS FANTÁSTICOS -seleccionados y
    prologados por José Olivio Jiménez- que muestran cumplidamente
    el talento como fabulador del gran escritor nicaragüense, que
    dio nueva forma estética a temas de diversas procedencias
    literarias. Los argumentos de las narraciones cubren un amplio
    espectro, en el que tienen cabida muy distintos matices de lo
    maravilloso y lo extraño: milagros piadosos que desafían las
    leyes naturales ("Cuento de Noche Buena"); vampirismo de
    carácter teosófico ("Thanathopia"); sueños de vasta proyección
    universal ("La pesadilla de Honorio"); la detención del tiempo
    ("El caso de la señorita Amelia"); la presencia del diablo
    ("Verónica", "El Salomón negro"); la reencarnación y la
    metempsicosis ("D.Q."); materializaciones sepulcrales ("La
    larva"); pesadillas terroríficas ("Cuento de pascuas"); rescate
    del misterio que aún domina la vida cotidiana en las culturas
    primitivas ("Huitzilopoxtli"). Como muestra significativa de los
    ensayos que se emparentan temáticamente con la narrativa
    fantástica, también encontramos un trabajo sobre "Edgar Poe y
    los sueños".

    Vamos a ver dos de estos cuentos como un vivo ejemplo de la obra en
    prosa de

    Rubén Darío:

    _Cuento de Noche Buena_

    El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es
    decir poco, para el caso; era un estuche, una riqueza, un algo
    incomparable e inencontrable: lo mismo ayudaba al docto fray Benito en
    sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos, como
    en la cocina hacía exhalar suaves olores a la fritanga permitida después
    del tiempo de ayuno; así servía de sacristán, como cultivaba las
    legumbres del huerto; y en maitines o vísperas, su hermosa voz de
    sochantre resonaba armoniosamente bajo la techumbre de la capilla. Mas
    su mayor mérito consistía en su maravilloso don musical; en sus manos,
    en sus ilustres manos de organista. Ninguno entre toda la comunidad
    conocía como él aquel sonoro instrumento del cual hacía brotar las notas
    como bandadas de aves melodiosas; ninguno como él acompañaba, como
    poseído por un celestial espíritu, las prosas y los himnos, y las voces
    sagradas del canto llano. Su eminencia el cardenal -que había visitado
    el convento en un día inolvidable- había bendecido al hermano, primero,
    abrazándole enseguida, y por último díchole una elogiosa frase latina,
    después de oírle tocar. Todo lo que en el hermano Longinos resaltaba,
    estaba iluminado por la más amable sencillez y por la más inocente
    alegría. Cuando estaba en alguna labor, tenía siempre un himno en los
    labios, como sus hermanos los pajaritos de Dios. Y cuando volvía, con su
    alforja llena de limosnas, taloneando a la borrica, sudoroso bajo el
    sol, en su cara se veía un tan dulce resplandor de jovialidad, que los
    campesinos salían a las puertas de sus casas, saludándole, llamándole
    hacia ellos: "!Eh! Venid acá, hermano Longinos, y tomareis un buen
    vaso..." Su cara la podéis ver en una tabla que se conserva en la
    abadía; bajo una frente noble dos ojos humildes y oscuros, la nariz un
    tantico levantada, en una ingenua expresión de picardía infantil, y en
    la boca entreabierta, la más bondadosa de las sonrisas.

    Avino, pues, que un día de Navidad, Longinos fuese a la próxima
    aldea...; pero ¿no os he dicho nada del convento? El cual estaba situado
    cerca de una aldea de labradores, no muy distante de una vasta floresta,
    en donde, antes de la fundación del monasterio, había cenáculos de
    hechiceros, reuniones de hadas, y de silfos, y otras tantas cosas que
    favorece el poder del Bajísimo, de quien Dios nos guarde. Los vientos
    del cielo llevaban desde el santo edificio monacal, en la quietud de las
    noches o en los serenos crepúsculos, ecos misteriosos, grandes temblores
    sonores..., era el órgano de Longinos que acompañando la voz de sus
    hermanos en Cristo, lanzaba sus clamores benditos. Fue, pues, en un día
    de Navidad, y en la aldea, cuando el buen hermano se dio una palmada en
    la frente y exclamó, lleno de susto, impulsando a su caballería paciente
    y filosófica:

    -!Desgraciado de mi! !Si mereceré triplicar los cilicios y ponerme por
    toda la vida a pan y agua! !Cómo estarán aguardándome en el monasterio!

    Era ya entrada la noche, y el religioso, después de santiguarse, se
    encaminó por la vía de su convento. Las sombras invadieron la tierra. No
    se veía ya el villorrio; y la montaña, negra en medio de la noche, se
    veía semejante a una titánica fortaleza en que habitasen gigantes y
    demonios.

    Y fue el caso que Longinos, anda que te anda, pater y ave tras pater y
    ave, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina, no era la
    misma de siempre. Con lágrimas en los ojos alzó éstos al cielo,
    pidiéndole misericordia al Todopoderoso, cuando percibió en la oscuridad
    del firmamento una hermosa estrella, una hermosa estrella de color de
    oro, que caminaba junto con él, enviando a la tierra un delicado chorro
    de luz que servía de guía y de antorcha. Diole gracias al Señor por
    aquella maravilla, y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta
    Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante, y le dijo con
    clara voz de hombre mortal: -Considérate feliz, hermano Longinos, pues
    por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso. No bien
    había acabado de oír esto, cuando sintió un ruido, y una oleada de
    exquisitas aromas. Y vio venir por el mismo camino que él seguía, y
    guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores
    espléndidamente ataviados. Todos tres tenían porte e insignias reales.
    El delantero era rubio como el ángel Azrael; su cabellera larga se
    esparcía sobre sus hombros, bajo una mitra de oro constelada de piedras
    preciosas; su barba entretejida con perlas e hilos de oro resplandecía
    sobre su pecho; iba cubierto con un manto en donde estaban bordados, de
    riquísima manera, aves peregrinas y signos del zodíaco. Era el rey
    Gaspar, caballero en un bello caballo blanco. El otro, de cabellera
    negra, ojos también negros y profundamente brillantes, rostro semejante
    a los que se ven en los bajos relieves asirios, ceñía su frente con una
    magnífica diadema, vestía vestidos de incalculable precio, era un tanto
    viejo, y hubiérase dicho de él, con sólo mirarle, ser el monarca de un
    país misterioso y opulento, del centro de la tierra de Asia. Era el rey
    Baltasar y llevaba un collar de gemas cabalístico que terminaba en un
    sol de fuegos de diamantes. Iba sobre un camello caparazonado y adornado
    al modo de Oriente. El tercero era de rostro negro y miraba con singular
    aire de majestad; formábanle un resplandor los rubíes y esmeraldas de su
    turbante. Como el más soberbio príncipe de un cuento, iba en una labrada
    silla de marfil y oro sobre un elefante. Era el rey Melchor. Pasaron sus
    majestades y tras el elefante del rey Melchor, con un no usado
    trotecito, la borrica del hermano Longinos, quien, lleno de mística
    complacencia, desgranaba las cuentas de su largo rosario.

    Y sucedió que -tal como en los días del cruel Herodes- los tres
    coronados magos, guiados por la estrella divina, llegaron a un pesebre,
    en donde, como lo pintan los pintores, estaba la reina María, el santo
    señor José y el Dios recién nacido. Y cerca, la mula y el buey, que
    entibian con el calor sano de su aliento el aire frío de la noche.
    Baltasar, postrado, descorrió junto al niño un saco de perlas y de
    piedras preciosas y de polvo de oro; Gaspar en jarras doradas ofreció
    los más raros ungüentos; Melchor hizo su ofrenda de incienso, de
    marfiles y de diamantes...

    Entonces, desde el fondo de su corazón, Longinos, el buen hermano
    Longinos, dijo al niño que sonreía:

    -Señor, yo soy un pobre siervo tuyo que en su convento te sirve como
    puede. ¿Qué te voy a ofrecer yo, triste de mi? ¿Qué riquezas tengo, qué
    perfumes, qué perlas y qué diamantes? Toma, señor, mis lágrimas y mis
    oraciones, que es todo lo que puedo ofrendarte.

    Y he aquí que los reyes de Oriente vieron brotar de los labios de
    Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a todos los
    ungüentos y resinas; y caer de sus ojos copiosísimas lágrimas que se
    convertían en los más radiosos diamantes por obra de la superior magia
    del amor y de la fe; todo esto en tanto que se oía el eco de un coro de
    pastores en la tierra y la melodía de un coro de ángeles sobre el techo
    del pesebre.

    Entre tanto, en el convento había la mayor desolación. Era llegada la
    hora del oficio. La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas
    de los cirios. El abad estaba en su sitial, afligido, con su capa de
    ceremonia. Los frailes, la comunidad entera, se miraban con sorprendida
    tristeza. ¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano? ¿Por qué no
    ha vuelto de la aldea? Y es ya la hora del oficio, y todos están en su
    puesto, menos quien es gloria de su monasterio, el sencillo y sublime
    organista... ¿Quién se atreve a ocupar su lugar? Nadie. Ninguno sabe los
    secretos del teclado, ninguno tiene el don armonioso de Longinos. Y como
    ordena el prior que se proceda a la ceremonia, sin música, todos
    empiezan el canto dirigiéndose a Dios llenos de una vaga tristeza... De
    repente, en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar...
    resonó, resonó como nunca; sus bajos eran sagrados truenos; sus
    trompetas excelsas voces; sus tubos todos estaban como animados por una
    vida incomprensible y celestial. Los monjes cantaron, cantaron, llenos
    del fuego del milagro; y aquella Noche Buena, los campesinos oyeron que
    el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel
    órgano que parecía tocado por manos angélicas como las delicadas y puras
    de la gloriosa Cecilia...

    El hermano Longinos de Santa María entregó su alma a Dios poco tiempo
    después; murió en olor de santidad. Su cuerpo se conserva aún
    incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial,
    labrada en mármol.

    _Verónica_

    Fray Tomás de la Pasión era un espíritu perturbado por el demonio de la
    ciencia. Flaco, anguloso, nervioso, pálido, dividía sus horas del
    convento entre la oración, la disciplina y el laboratorio. Había
    estudiado las ciencias ocultas antiguas, nombraba con cierto énfasis, en
    las conversaciones del refectorio, a Paracelso y a Alberto el Grande, y
    admiraba a ese otro fraile Schwartz, que nos hizo el favor de mezclar el
    salitre con el azufre.

    Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones
    astrológicas y quirománticas; ella le desviaba de la contemplación y del
    espíritu de la Escritura; en su alma estaba el mal de la curiosidad, la
    oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le
    mantenía caviloso y febril; llegó hasta pretender probar sus facultades
    de zahorí, y los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba
    en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de
    que la ciencia constituye sencillamente, en el principio, el arma de la
    Serpiente; en el fin, la esencial potencia del Anticristo.

    !Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! Fray Tomás de la Pasión no
    comprendía tu celeste virtud, que pone un especial nimbo a ciertos
    mínimos siervos de Dios, entre los esplendores místicos y milagrosos de
    las hagiografías. Los doctores explican y comentan altamente, cómo ante
    los ojos del Espíritu Santo, las almas de amor son de modo mayor
    glorificadas que las almas de entendimiento. Hello ha pintado, en los
    sublimes vitraux de sus Fisonomías de santos, a esos beneméritos de la
    Caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos,
    sencillos y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de
    espíritu, bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados
    con ojos cariñosos y sororales por las puras estrellas del firmamento.
    Huysmans en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de
    resplandores paradisíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la
    pocilga la admiración de los coros arcangélicos, el aplauso de las
    potestades de los cielos. Y fray Tomás de la Pasión no comprendía eso.
    Él creía, creía, con la fe de un verdadero creyente. Mas la curiosidad
    le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de los secretos de
    la naturaleza y de la vida. A tal punto, que no comprendía cómo esa sed
    de saber, ese deseo indomable de penetrar en lo velado y en lo arcano
    del universo, era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo para impedirle
    de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre.

    Llegó a manos de fray Tomás un periódico en que se hablaba
    detalladamente del descubrimiento del alemán doctor Roentgen, quien
    había encontrado la manera de fotografiar a través de los cuerpos
    opacos; supo lo que era el tubo Crookes, la luz catódica, el rayo X. Vio
    el facsímile de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y
    la figura patente de objetos retratados entre cajas bien cerradas.

    No pudo desde ese instante estar tranquilo. ¿Cómo podría él encontrar un
    aparato como los aparatos de aquellos sabios? ¿Cómo podría realizar en
    su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma imaginación?

    En las horas de los rezos y de los cantos, notábanle todos los otros
    miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos
    sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya
    con los ojos como extáticos, fijos en el cielo o clavados en la tierra.
    Y era la obra del pecado que se afianzaba en el fondo de aquel combatido
    pecho: el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado de Adán junto al
    árbol de la ciencia del bien y del mal.

    Múltiples ideas se agolpaban a la mente del religioso, que no encontraba
    la manera de adquirir los preciosos aparatos. !Cuánto de su vida no
    daría él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos, en su
    pobre laboratorio de fraile aficionado, y sacar las anheladas pruebas,
    hacer los maravillosos ensayos que abrían una nueva era a la sabiduría
    humana! Si así se caminaba, no sería imposible llegar a encontrar la
    clave del misterio de la vida... Si se fotografiaba ya lo interior de
    nuestro cuerpo, bien podía pronto el hombre llegar a descubrir
    visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando a la ciencia
    las cosas divinas ¿por qué no? Aprisionar en las visiones de los
    éxtasis, y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus
    formas exactas y verdaderas... !Si en Lourdes hubiese habido una
    instantánea, durante el tiempo de las visiones de Bernadette! Si en los
    momentos en que Jesús o su Madre Santa favorecen con su presencia
    corporal a señalados fieles, se aplicase la cámara obscura... !oh, cómo
    se convencerían entonces los impíos! !cómo triunfaría la religión!...

    Así cavilaba, así se estrujaba los sesos el pobre fraile, tentado por
    uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.

    Y sucedió que en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su
    deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina
    y a la oración en la celda, se presentó a su vista uno de los hermanos
    de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.

    - Hermano - le dijo -, os he oído decir que deseabais una máquina como
    esas con que los sabios están maravillando el mundo. Os la he podido
    conseguir. Aquí la tenéis.

    Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Tomás, desapareció,
    sin que este tuviese tiempo de advertir que bajo el hábito se habían
    mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo. Fray
    Tomás, desde el día del misterioso regalo, consagrose a sus
    experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a ala misa, excusándose
    como enfermo. El padre provincial solía amonestarle; y todos le veían
    pasar, extraño y misterioso, y temían por la salud de su cuerpo y de su
    alma.

    Y él ¿qué hacía?

    Fotografió una mano suya, frutas, estampas dentro de libros, otras cosas
    más.

    Y una noche, el desgraciado, se atrevió por fin a realizar su pensamiento...

    Dirigiose al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave
    principal, y se dirigió al altar en que, a la luz de una triste lámpara
    de aceite, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Abrió el
    tabernáculo. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió huyendo para
    su celda.

    Al día siguiente, en la celda de fray Tomás de la Pasión, se hallaba el
    señor arzobispo delante del padre provincial.

    - Ilustrísimo señor - decía éste -, a fray Tomás le hemos encontrado
    muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios y aparatos
    creo que le hicieron daño.

    - ¿Ha visto su reverencia esto? - dijo su señoría ilustrísima,
    mostrándole una placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se
    hallaba, con los brazos desclavados y una terrible mirada en los divinos
    ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

    ( Rubén Darío: Cuentos Fantásticos. Selección y prólogo de José Olivio
    Jiménez, Alianza editorial, Madrid 1982. )

    _RENOVADOR AMERICANO DE LA PROSA CASTELLANA_

    [...] A recientes estudios sobre la evolución de la prosa a fines del
    siglo XIX, se deben importantes rectificaciones sobre criterios que se
    venían sosteniendo durante muchos años. Así, ahora, debemos considerar
    que Rubén Darío no fue el iniciador del modernismo, pero sí el exponente
    más fecundante y decisivo influjo en América y España. Encontró abiertos
    los caminos de la prosa para hallar su ascenso y culminación, primero,
    en esa expresión, en seguimiento de los mismos americanos, y, luego, en
    el verso. Asimismo, que José Martí y Gutiérrez Nájera, no son
    precursores, sino auténticos modernistas que encabezaron,
    respectivamente, las dos corrientes en que se bifurca el empeño
    renovador de la prosa artística en América, una, de ascendencia hispana,
    con raíces en los clásicos del Siglo de Oro y remozada por influjos de
    las más recientes literaturas europeas con primacía de la francesa, y
    otra, de franca inclinación francesa, seguida con preferencia por Darío,
    a la sombra de parnasianos y de simbolistas, aun cuando su amplia
    formación castiza y la influencia ejercida sobre él por José Martí, la
    matizan y enriquecen, en función integradora. Los dos, el mexicano y el
    nicaragüense, posteriormente se liberarán del yugo francés.

    La revolución estética de la prosa, en América, antecede a la del verso
    casi en diez años. Darío logra los momentos culminantes, de mayor
    irradiación, de las dos, mediante los libros "Azul", en 1888, y "Prosas
    Profanas", en 1896. A partir de esas fechas, se empieza a manifestar en
    España el modernismo, ya con rasgos definidos en las vertientes de la
    prosa y el verso. [...]

    Darío luchaba no contra el pasado literario sino contra el presente,
    sobre todo contra la actual España "amurallada de tradición, cercada y
    erizada de españolismo".

    La prosa castellana de la segunda mitad del siglo XIX permanecía en
    lamentable estancamiento, afectada por la influencia del retórico y
    grandilocuente romanticismo y por el espíritu burgués del realismo,
    carecía de calidades estéticas y se contentaba con tratar de reflejar
    fielmente la costumbre local y cotidiana. Darío, frente al descuido
    imperante de la forma, a la expresión fatigante, sin originalidad ni
    individualidad, manifiesta la necesidad de que se saquen a la luz los
    escondidos tesoros que se hallan en el idioma de los clásicos. [...]

    Es cierto, como se ha dicho, que lo verdaderamente revolucionario en
    "Azul" está en la prosa, en los cuentos, y que junto a ella, el valor de
    novedad de los versos es nulo. [...]

    Sin negar la importancia de "Azul", consideramos que, no obstante el
    éxito y la influencia que ha llegado a tener tal libro, son numerosos
    los cuentos escritos posteriormente que revelan mayor dominio del género
    y menos sujeción al gusto de su época. Ganan en madurez y en sobriedad
    lo que pierden en brillo y novedad.

    No se ha estudiado la unidad de conjunto de la obra narrativa del autor.
    Abundan los exámenes parciales, en su mayoría sobre los diez cuentos de
    "Azul", sin tener en cuenta que en total son aproximadamente ochenta los
    escritos a lo largo de los treinta años de su ejercicio literario. Es
    muy superior la importancia de Darío como poeta que como cuentista, pero
    cada día cobra mayor significación su labor narrativa como incitación y
    ejemplo en la evolución general del cuento español e hispanoamericano. [...]

    Darío es un artista consciente y reflexivo. Busca sus propios caminos.
    Sabe dónde va. Se sitúa donde le corresponde para realizar la tarea que
    se propone. Su arte crece en ciencia y experiencia con un ritmo
    acelerado dentro de las circunstancias y las orientaciones de su tiempo.
    Sabe que el signo predominante de su generación es el culto preciosista
    de la forma, el anhelo de trabajar el lenguaje con arte. De ahí su
    característico afán de una adjetivación ornamental, densa y sugestiva. [...]

    Los estribillos que el poeta utiliza en prosa y cuentos de diversas
    épocas acentúan el procedimiento para lograr un efecto determinado por
    medio de repeticiones. [...]

    Como novedad también emplea los paréntesis en que un personaje habla, o
    en que se presentan descripciones y narraciones, con amplia libertad. [...]

    Para llegar a la culminación de "Prosas Profanas", el proceso es
    minucioso y complejo. Las páginas en prosa publicadas en ese lapso
    intermedio explican algunas claves de la orientación y del avance del
    autor. Su prosa, en general, no llega a la misma altura de su verso. No
    es una prosa pareja, ni atesora los mismos quilates de las mejores como
    aquellas de Fray Luis de León o de Quevedo. La importancia de Darío
    prosista estriba en su labor de innovador y renovador del idioma
    castellano. Claro está que es imposible desconocer sus páginas maestras,
    sus momentos felices, al lado de sus frecuentes caídas. No es una prosa
    uniforme, pero logró llevar adelante la renovación de la pesada
    expresión literaria del idioma entonces imperante por fuerza de la
    tradición. [...]

    Darío fue producto y encarnación de la raza, más aún que la más
    destacada figura continental de su tiempo y, como tal, en la órbita
    espiritual del arte, su mentor.

    Siguiendo huellas americanas fue uno de los precursores y quien llevó,
    luego, a un alto grado de avance y difusión la renovación de la prosa
    castellana que, antes, iniciaran especialmente Martí y Gutiérrez Nájera.
    Tal renovación antecedió a la efectuada en la Península en más de una
    década. [...]

    Los caminos para la renovación de la poesía los inició y practicó Darío
    en sus páginas en prosa, especialmente en "Azul" y en "Los Raros".

    Al lado del aspecto francés, que no predomina en toda su obra y sobre el
    cual se ha exagerado con carácter generalizador, es evidente el
    fundamento castizo, su amplio conocimiento de las letras peninsulares,
    especialmente de los siglos de oro.

    Los libros de Darío, escritos a partir de 1900, desmienten la engañosa
    creencia de que siempre escribió una prosa florida, suntuosa y sensual.
    Su expresión ya no es la de "Azul", sino más periodística,
    autobiográfica y crítica. Subsiste la elegancia y el cuidado por una
    forma estética, pero de espaldas a la retórica amplificadora. Su estilo
    se torna directo, sencillo, de oraciones coordinadas, que anuncia la
    transparencia, la concisión y el orden, pregonados por Azorín.

    No es posible separar al prosista del poeta. Aquél siempre está alentado
    por el sentimiento, la riqueza imaginativa y el entusiasmo lírico, aún
    en los momentos en que se muestra más razonador.

    Sus semblanzas se distinguen por el acierto con el que supo elegir a sus
    personajes, entre los cuales se hallan escritores de América que han
    resistido a los vendavales del tiempo y de la crítica. [...]

    La influencia de Darío debe considerarse trascendental para la
    comprensión del proceso de surgimiento y maduración del noventa y ocho
    español.

    La más notable influencia ejercida sobre la prosa de Rubén Darío fue la
    de José Martí.

    ( América en Rubén Darío. Aproximación al concepto de la literatura
    hispanoamericana. Carlos Martín, Biblioteca Románica Hispánica,
    Editorial Gredos, Madrid 1972. )

    SONATA

    ¡Pasad, pasad, albos sueños! ¡Imágenes de dicha que se ha llevado el
    tiempo, doradas ilusiones, risueñas esperanzas, recuerdos perfumados!

    ¿Oh, pasad, pasad, besad mi frente y, luego, hasta mañana, volved a
    aparecer!...

    Así... ¡Oh, qué delicia!

    ¡La música que vibra en mis oídos tiene aquellas notas de arpa, y es
    suave y melancólica, y es dulce y trae un recuerdo envuelto en su
    armonía! ¡Si, es la misma! En su onda misteriosa rueda, confundiendo sus
    ecos, las dulces notas de aq8ella voz amorosa.

    Las luces que despiertan reflejos amarillentos como las de mil luceros y
    las carcajadas de gentiles parejas; el perfume embriagados de las flores
    que tiemblan voluptuosas en los azules jarrones de cristal de Bohemia y
    los lazos de blanca seda que se mueven con el viento... He ahí el cuadro.

    ¡Oh, sí! Allí veo su figura, que se destaca, temblorosa y apasionada, en
    medio de ese marco del pasado.

    Y sus ojos son dulces. Y miran, profundos, miran el fondo de mi alma
    desmayada. Y sonríen sus labios, y oigo sus palabras, que son de fuego y
    abrasan mi corazón.

    ¡Pasad, pasad, que os vea yo, imágenes de amor!

    ¡Pasad aun, una vez mas, aunque después os volváis a hundir en la sombra!

    Refrescando ese polvo vivificador del recuerdo y la visión-mi cabeza,
    que tiene fiebre---, aliviad mi corazón, que gime de dolor y de pena.

    ¡Ah! Que os vea yo brillar como veo ese lucero que de destaca pálido
    entre los celajes de la tarde, mezclada de tinte, caricias de sol a las
    blancas nubes, beso de la noche en el espacio.

    Pasad, a través del negro velo en que envuelve a mi alma la tristeza,
    como pasa sonriendo la luna, que ilumina y deja su estela brillante,
    como átomos de sí misma, en la enlutada inmensidad.

    Y luego, ¿por qué no?, Cómo tras la huida de la luna viene el alba
    rosada y tras el alba el sol, rojo seno que encarna el día, así, tras la
    languidez de un recuerdo pálido y dulce, de esos con que se duermen los
    ángeles, venid, venid, venid y quemad mi corazón, quemad mi mente y
    hasta mis labios y si sonríen, ¡oh!, vosotros, rayos de un sol de
    ardiente estío, que brillo fugaz y que el tiempo y la distancia han
    desvanecido.

    Adormeced mi alma como esos genios de la noche que arrojan a al atierra
    puñados de adormideras para aletargar a la Humanidad.

    Dejad que duerma, que duerma siempre, hasta que el tiempo, que me llevo
    mis esperanzas, me venga a despertar a las puertas de mi felicidad que
    de nuevo encontrara y que he perdido al borde de la tumba.

    ¡Ah, no os vayáis aun! ¡Seguid, seguid desfilando, acariciadores y
    sonrientes recuerdos! Tomad la forma que encarnasteis un día.

    Volad en torno mío; perfumad mi existencia como las flores al viento;
    dad a mi alma calor como el rayo de sol a la débil planta...

    Así, así...

    LA CANCION DE LA LUNA DE MIEL

    Señoras: la miel de esa luna la elaboran las abejas del jardín azul, que
    liban entre los pétalos luminosos de las estrellas. Ellas van, en
    enjambres irisados, de los florecimientos de Aldebarán a las margaritas
    de la Osa, al clavel trémulo y cambiante de Sirio. ¡Pero las más
    ligeras, las más amables, las más bellas y paradisiacas van a posarse en
    el cáliz atrayente, sagrado y misterioso de la rosa de oro de Venus!

    Señora: el pintor Spiridón ha pintado el venturoso país de la felicidad:
    un lago manso, una barca, ella, el y el amor como remero. ¡Buena brisa,
    buen tiempo, señora!

    Hay un lirio divino y delicado, que tiene toda la orgullosa candidez de
    los azahares del desposario, las palideces del cirio que alumbra el
    altar, la transparencia del velo de la novia, los perfumes y el supremo
    encanto de los ensueños de la desposada. Ese lirio es la ilusión. Mil
    veces feliz la que puede llegar al fin de la vida llevando consigo la
    celeste flor intacta y fresca. ¡Es tan áspero a veces el viento! ¡Cae
    tanta escarcha! Y así es como de pronto las pobres almas desoladas alzan
    la mirada al gran Dios: cuando ven el sacro lirio ideal marchito,
    muerto. ¡Oh! Que el poderoso, invencible amor os guíe. ¡Buena brisa,
    buen tiempo, señora!

    * * *

    Adorados ensueños nupciales que hacéis desfallecer a las prometidas
    virginales y pensativas;

    Lises castos que sois hechos del sutil polvo de nieve de la más alta
    cumbre de la montaña sagrada;

    Palomas que anidáis bajo el verdor de los mirtos;

    ¡Serena estrella del amor! ¿No es verdad que pasa un soplo de la
    divinidad, regocijando el alma del mundo, cuando en una noche
    callada, en el bosque solemne, canta el ruiseñor, con su voz de
    cristal, las estrofas melodiosamente adorables de la canción de la
    luna de mies?

    SANGUINEA

    Esta tarde ha sido toda de rosa. El cielo ha puesto, en la concha enorme
    de su gran paleta, todas las rosas posibles. Ha sido el rojo el rey
    sangriento; un rojo estallante y furioso que desde el foco agonizante
    del sol teñía el mar de sangre. Después que se hubo hundido la rueda de
    fuego púrpura, de fuego condensado y vibrante, de fuego único y
    occidental, cayo la fantasía de los rojos, se alejaron las claridades de
    los candentes y ofensivos amarillos.

    Los cardenales poco a poco fueron fundiéndose en una suave disolución de
    carmín, que gradualmente llegaba, en tonos desfallecientes y cromáticos,
    al grano de granada, al ala de flamenco, al rosa de luna, al anémico y
    dulce rosa de te.

    El mar reflejaba la gloria de poniente. En el horizonte la línea curva
    que marca a la vista él limite, no se veía inundada en llamas. Una
    espesa nube oscura se partió en dos rotondas, sustentadas por una
    arquitectura inaudita y visionaria. Había una balaustrada gigantesca,
    sobre un pavimento manchado como por una luminosa y reciente degollación.

    Pájaros de la hecatombe, una águila anaranjada, cual si hubiese pasado
    por un iris, extendía las alas, cuyos extremos parecían aun húmedos de
    un agua de rubí. En un punto del cielo donde la decadencia del tinte
    llegaba al desmayo, el suave color trajo a mi memoria un lejano
    recuerdo. Fue el de una hoja de rosa, exangüe y olvidada, entre las
    hojas de un libro de horas. Era el libro impreso en Bruselas y de
    antigua factura.

    La página en donde descasaba aquella reliquia, quizá de un amor de
    romanza, tenia una mayúscula roja, de una exquisita belleza arcaica, a
    la manera de las que ornan los misales y los antifonarios. De pronto el
    parpadeo rápido y blanco de un foco eléctrico me saco de mi vago
    pensamiento. Tras las colinas cercanas, brumas crepusculares anunciaban
    la noche.

    La ciudad encendía sus luces. La ultima vibración de la agonía de la
    tarde fue de un rosa muriente y desolado.

    SUEÑO DE MISTERIO

    Raras mayólicas, misteriosas porcelanas, tapizan un fondo de fotografía.
    Todo eso en un ambiente inverosímil. Un pavo real blanco pasa.

    * * *

    En mi estancia se presenta de pronto un chambelán muy galoneado que me
    dice: "El general Grant viene a almorzar con usted." Yo no me asombre;
    le recibo y creo reconocer los rasgos reproducidos por el grabado y por
    la fotografía... No recuerdo más.

    * * *

    Hay un camino largo por donde va, inexplicablemente, una vía. Pasamos
    por tierras y por aguas, y reconozco un paisaje que he visto en mi
    infancia. Hay otros, como ciudades de cartón colocadas sobre la colina.

    * * *

    Un mariscal con tres colas y un abate que le mira de lejos.

    * * *

    Es un violento incendio en una ciudad cuyas construcciones recuerdan a
    Peroneso. Y sobre torres gigantescas, que se levantan en los cielos,
    resplandece un fulgor de incendio rojo. De pronto, el mar llega y es una
    inundación.

    * * *

    En lo misterioso del ensueño, una arquitectura como de creta o piedra
    pómez, realizada por un lapidario infernal. Los escultores del ensueño
    saben únicamente realizar lo que el agua y el viento.

    * * *

    Una ciudad donde ha habido holocaustos y ceremonias publicas. Todas las
    gentes transitan sin hablar. De pronto, hay una amenaza universal que
    nadie comprende, pero que todos temen. La angustia fue horrible y yo me
    desperté...

    POEMITAS DE VERANO

    Frutos de verano, los tuyos, Amaranta. ¿Recuerdas? Era allá lejos, en la
    tierra de América, en que más quemante arde el sol.

    Y yo tuve en mis manos, como la mas margarita de las margaritas, tu
    corazón. El transcendía a fruta de trópico, y al mismo tiempo a flor
    tropical, de modo que se dijera una flor viva y con olor al níspero
    moreno, a la piña rubia, al "jocote" de sangre, al melón de miel y a la
    pulpa de sandia.

    * * *

    Y ya había yo con mis besos probado otros frutos deliciosos, amados del
    sol que fecunda aquellas tierras fuertes: tus cabellos, que tenían el
    perfume del oscuro almíbar del "carao" y al cual acudirían las abejas y
    las avispas; tus ojos, que eran como dos frutos misteriosos y de encanto
    del jardín de tu alma; tus orejas, aromadas como las manzanas rosas, tu
    boca, suave, perfumada y dulce como el algodón de la "guaba" en la que
    hubiesen dejado caer una gota de esencia de Oriente; tu cuello, que
    trascendía a la pluma del pájaro que anidara entre jazmines, y el azúcar
    de la "piñuela"; tus manos, que siendo como un manojo de azucenas tenían
    como relentes de la granadilla.

    * * *

    Y tú eras así para mí, a un tiempo, Flora y Pomona.

    * * *

    Pero, como la mas margarita de las margaritas, yo tuve entre mis manos
    tu corazón, que trascendía a fruta del trópico al mismo tiempo que a
    flor tropical. Y en él encontré el sabor del níspero moreno, de la piña
    rubia, del "jocote" de sangre, del melón de miel, de la pulpa de la
    sandia, del almíbar del "carao", de los frutos misteriosos, de las
    manzanas rosas, del algodón de la "guaba", del azúcar de "piñuela", de
    la granadilla. Y, sobre todo, el sabor tuyo, reveladora, encantadora
    Pomona y Flora, en tu aurora...

    LOS PESCADORES DE SIRENAS

    Péscame una, ¡oh egipán pescador!, que tenga en sus escamas radiante la
    irisada riqueza metálica que decora los admirables arenques. Péscame una
    cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y cuyos
    costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales
    abanicos de pedrería. Péscame una que tenga verdes los cabellos, como
    debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan gosgorescencias raras y
    mágicas chispas; cuya boca salada bese y muerda cuando no cante las
    canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises; cuyos senos
    marmóreos culminen florecidos de rosa, y cuyos brazos, como dos albos y
    divinos pitones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes
    placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de
    perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se
    divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Temple o Amatunte, son,
    ciertamente, a los pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un
    grueso palo nudosos, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y
    poco apetecible que su compañero ha pescado. Este saca la red, y no
    parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el
    agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas
    bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje,
    mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la
    antorcha del sol.

    *CRÍTICA LITERARIA*

    1

    EL MODERNISMO

    28 de noviembre

    Puede verse constantemente en la prensa de Madrid que se alude al
    modernismo, que se ataca a los modernistas, que se habla de decadentes,
    de estetas, de prerrafaelistas con "s" y todo. Es cosa que me ha llamado
    la atención no encontrar desde luego el menor motivo para invectivas o
    elogios, o alusiones que a tales asuntos se refieran. No existe en
    Madrid, ni en el resto de España, con excepción de Cataluña, ninguna
    agrupación, brotherhood, en que el arte puro -o impuro, señores
    preceptistas- se cultive siguiendo el movimiento que en estos últimos
    tiempos ha sido tratado con tanta dureza por unos, con tanto entusiasmo
    por otros. El formalismo tradicional, por una parte; la concepción de
    una moral y de una estética especiales, por otra, han arraigado el
    españolismo, que, según don Juan Valera, no puede arrancarse "ni
    veinticinco tirones". Esto impide la influencia de todo soplo
    cosmopolita, como asimismo la expansión individual, la libertad,
    digámoslo con la palabra consagrada, el anarquismo en el arte base de lo
    que constituye la evolución moderna o modernista.

    Ahora, en la juventud misma que tiende a todo lo nuevo, falta la virtud
    del deseo, o, mejor, del entusiasmo, una pasión en arte, y, sobre todo,
    el don de la voluntad. Además, la poca difusión de los idiomas
    extranjeros, la ninguna atención que, por lo general, dedica la Prensa a
    las manifestaciones de vida mental de otras naciones, como no sean
    aquellas que atañen al gran público; y después de todo, el imperio de la
    pereza y de la burla, hacen que apenas existan señaladas
    individualidades que tomen en el arte en todo su integral valor. En una
    visita que he hecho recientemente al nuevo académico Jacinto Octavio
    Picón, me decía este meritísimo escritor: "Créame usted, en España nos
    sobran talentos; lo que nos falta son voluntades y caracteres".

    El señor Llanas Aguilaniedo, uno de los escasos espíritus que en la
    nueva generación española tomas el estudio y la meditación con la
    seriedad debida, decía no hace mucho tiempo: "existen, además, en este
    país, cretinizados por el abandono y la pereza, muy pocos espíritus
    activos; acostumbrados -la generalidad- a las comodidades de una vida
    fácil, que no exige grandes esfuerzos intelectuales ni físicos, ni
    comprenden, en su mayoría, cómo puede haber individuos que encuentren en
    el trabajo de cualquier orden un reposo, y al propio tiempo un medio de
    tonificarse y de dar expansión al espíritu; los trabajadores, con ideas
    y con verdadera afición a la labor, están, puede decirse, confinados en
    la zona norte de la Península; el resto de la nación, aunque en estas
    cuestiones no puede generalizarse absolutamente, trabaja cuando se ve
    obligado a ello, pero sin ilusión ni entusiasmo". En lo que no estoy de
    acuerdo con el señor Llanas es en que aquí se conozca todo, se analice y
    se estudie la producción extranjera y luego no se la siga. "Sin duda
    -dice-, no nos consideramos elevados a una altura superior, y desde ella
    nos damos por satisfechos con observar lo que en el mundo ocurre, sin
    que nos pase por la imaginación secundar el movimiento".

    Yo anoto. Difícil es encontrar en ninguna librería obras de cierto
    género, como no las encargue uno mismo. El Ateneo recibe unas cuantas
    revistas del carácter independiente, y poquísimos escritores y
    aficionados a las letras están al tanto de la producción extranjera. He
    observado, por ejemplo, en la redacción de la Revista Nueva, donde se
    reciben muchas buenas revistas italianas, francesas, inglesas, y libros
    de cierta aristocracia intelectual aquí desconocida, que aun compañeros
    míos de mucho talento miran con indiferencia, con desdén y sin siquiera
    curiosidad. De más decir que en todo círculo de jóvenes que escriben
    todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos pimienta, o frase
    caricatural, que evita todo pensamiento grave. Los reflexivos o
    religiosos de arte no hay duda que padecen en tal promiscuidad.

    Los que son tachados de simbolistas no tienen una sola obra simbolista.
    A Valle-Inclán le llaman decadente porque escribe en una prosa trabajada
    y pulida, de admirable mérito formal. Y a Jacinto Benavente, modernista
    y esteta, porque si piensa, lo hace bajo el sol de Shakespeare, y si
    sonríe y satiriza, lo hace como ciertos parisienses, que nada tienen de
    estetas ni de modernistas. Luego, todo se toma a guasa. Se habló por
    primera vez de estetismo en Madrid, y dice el citado señor Llanas
    Aguilaniedo: "Funcionó en calidad de oráculo la Cacharrería del Ateneo,
    donde se recordó a Oscar Wilde... Salieron los periódicos y revistas de
    la corte jugando del vocablo y midiendo a todos los idólatras de la
    belleza por el patrón del fundador de la escuela, abusándose del tema en
    tales términos, que ya hasta los barberos de López Silva consideraban
    ofensiva la denominación, y se resentían del epíteto. Por este camino no
    se va a ninguna parte".

    En pintura, el modernismo tampoco tiene representantes, fuera de algunos
    catalanes, como no sean los dibujantes, que creen haberlo hecho todo con
    emplomar sus siluetas como en los vitraux, imitar los cabellos
    avirutados de las mujeres de Mucha, o calcar las decoraciones de
    revistas alemanas, inglesas o francesas. Los catalanes sí han hecho lo
    posible, con exceso quizá, por dar su nota en el progreso artístico
    moderno. Desde su literatura, que cuenta, entre otros, con Rusiñol,
    Maragall, Utrillo, hasta su pintura y artes decorativas, que cuentan con
    el mismo Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de todo encomio y atención;
    Pichot y otros que, como Nonell Monturiol, se hacen notar no solamente
    en Barcelona, sino en París y otra ciudades de arte y de ideas.

    En América hemos tenido ese movimiento antes que en la España
    castellana, por razones clarísimas: desde luego, por nuestro inmediato
    comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo, y
    principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso
    deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye su potencialidad
    mayor, con lo cual poco a poco va triunfando de obstáculos
    tradicionales, murallas de indiferencia y océanos de mediocracia. Gran
    orgullo tengo aquí de poder mostrar libros como los de Lugones o Jaimes
    Freire, entre los poetas; entre los prosistas, poemas, como esa vasta,
    rara y complicada trilogía de Sicardi. Y digo: esto no será modernismo,
    pero es verdad, es realidad de una vida nueva, certificación de la viva
    fuerza de un continente. Y otras demostraciones de nuestra actividad
    mental -no la profusas y rapsódica, la de cantidad, sino la de calidad,
    limitada, muy limitada, pero que bies se presenta y triunfa ante el
    criterio de Europa -: estudios de ciencias políticas, sociales. Siento
    igual orgullo. Y recuerdo palabras de don Juan Valera a propósito de
    Olegario Andrade, en las cuales palabras hay una buena y probable visión
    de porvenir. Decía don Juan, refiriéndose a la literatura brasileña,
    sudamericana, española y norteamericana, que "las literaturas de estos
    pueblos seguirán siendo también inglesa, portuguesa y española, lo cual
    no impide que con el tiempo, o tal vez mañana, o ya salgan autores
    yanquis que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra,
    ni impide tampoco que nazcan en Río de Janeiro, en Pernambuco o en Bahía
    escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; o en Buenos
    Aires, en Lima, en México, en Bogotá o en Valparaíso lleguen a florecer
    las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en
    Madrid, en Sevilla y en Barcelona".

    Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse, nos va dando un puesto
    aparte, independiente de la literatura castellana, como lo dice muy bien
    Rémy de Gourmont en carta al director del Mercurio de América. ¿Qué
    importa que haya gran número de ingenios, de grotescos si gustáis, de
    dilettanti, de nadameimportistas? Los verdaderos consagrados saben que
    no se tratan ya de asuntos de escuelas, de fórmulas, de clave.

    Los que en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Rusia, en Bélgica, han
    triunfado, han sido escritores y poetas, y artistas de energía, de
    carácter artístico y de una cultura enorme. Los flojos se han hundido,
    se han esfumado. Si hay y ha habido en los cenáculos y capillas de París
    algunos ridículos, han sido, por cierto, "preciosos". A muchos les
    perdonaría si les conociese nuestro caro profesor Calandrelli, pour
    l'amour du grec. Hoy no se hace modernismo -ni se ha hecho nunca- con
    simples juegos de palabras y de ritmos. Hoy los ritmos nuevos implican
    nuevas melodías que cantan en lo íntimo de cada poeta la palabra del
    mágico Leonardo: Cosa bella mortal passa, e non d'arte. Por más que
    digan los juguetones ligeros o los niños envejecidos y amargos, fracasa
    solamente el que no entra con pie firme en la jaula de ese divino león:
    el Arte, que, como aquel que al gran rey Francisco fabricara el mismo
    Vinci, tiene el pecho lleno de lirios.

    No hay aquí, pues, tal modernismo, sino en lo que de reflexión puede
    traer la vencidad de una moda que no se comprende. Ni el carácter, ni la
    manera de vivir, ni el ambiente, ayudan a la consagración de un ideal
    artístico. Se ha hablado de un teatro, que yo creí factible recién
    llegado, y hoy juzgo en absoluto imposible.

    La única brotherhood que advierto es la de los caricaturistas; y si de
    músicas poéticas se trata, los únicos innovadores son, ciertamente, los
    risueños rimadores de los periódicos de caricaturas.

    Caso muy distinto sucede en la capital del principado catalán. Desde
    L'Avenç hasta el Pèl y Plom, que hoy sostiene Utrillo y Casas, se ha
    visto que existen elementos para publicaciones exclusivamente
    "modernas", de una élite artística y literaria. Pèl y Plom es una hoja
    semejante al Gil Blas Illustré, de carácter popular, mas sin perder lo
    arisco; y siempre en su primera plana hay un dibujo de Casas, que
    aplauden lápices de Munich, Londres o París. El mismo Pere Romeu, de
    quien os he hablado a propósito de su famoso cabaret de los Quatre Gats,
    ha estado publicando una hoja semejante, con ayuda de Casas, y de un
    valor artístico notable.

    En esta capital no hay sino tentativas graciosas y elegantes del
    dibujante Marín -que logró elogios del gran Puvis- y las de algún otro.
    En la literatura, repito, nada que justifique ataque, ni siquiera
    alusiones. La procesión fastuosa del combatido arte moderno ha tenido
    apenas algunas vagas parodias... ¿Recordáis en Apuleyo la pintura de la
    procedía la entrada de la primavera en las fiestas de Isis? (Mét., XI,
    8). Pues confrontad.

    /España contemporánea (1901)/

    2

    EL PERIODISTA Y SU MÉRITO LITERARIO

    Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo.

    Hoy, y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La
    mayor parte de los fragmentarios son periodistas. Montaigne y de Maistre
    son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los
    observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si
    os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno,
    quedaríamos en que tan solo merecerían el nombre de periodistas los
    reporters comerciales, los de los sucesos diarios y hasta éstos pueden
    ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página
    interesante, con su gracia de estilo y su buen porqué de filosofía. Hay
    editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que
    son verdaderos capítulos de libros fundamentales, y eso pasa. Hay
    crónicas, descripciones de fiesta o ceremoniales escritas por reporters
    que son artistas, las cuales, aisladamente, tendrían cabida en obras
    antológicas, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que
    escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera.

    Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que,
    premeditadamente, se propone escribir, para el instante, palabras sin
    lastre e ideas sin sangre.

    Muy hermosos, muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con
    entresacar de las colecciones de los periódicos la producción, escogida
    y selecta, de muchos, considerados como simples periodistas.

    /Impresiones y sensaciones (1925)/



    *CRÓNICAS DE VIAJES*

    3

    EL VIEJO PARÍS

    Viejo París, 30 de abril de 1900

    Estoy en el viejo París, la curiosa reconstrucción de Robida. Aunque,
    como todo, no está todavía completamente concluido, la impresión es
    agradable. Desde el río, la vista de los antiguos edificios se asemeja a
    una decoración teatral. Casas, torrecillas, techos, barrios enteros
    evocados por el talento de un artista ingenioso y erudito halagan al
    contemplador con su pintoresca perspectiva.

    Al entrar ya se ve uno que otro travesti, desde el arcabucero o el
    lancero que se pasean ante los portales hasta las vendedoras de
    chucherías que tras los mostradores y las mesitas erigen en las
    graciosas cabezas el alto forro picudo, cuyo nombre, en viejo francés,
    se me traspapela en la memoria. El sol se cuela por los armazones de
    madera, se quiebra en las joyas y dorados de las ventas y en las
    brigandinas de los soldados; y el aire de vida circula, el mismo que la
    primavera sopla sobre la exposición enorme y fastuosa, sobre el glorioso
    París. Como la imaginación contribuye con la generosidad de su poder, no
    puede uno menos que encontrar chocante en medio de tal escenario la
    aparición de una levita, de unos prosaicos pantalones modernísimos y del
    odioso sombrero de copa, justicieramente bautizado gakra, que llegan a
    causar un grave desperfecto a la página de vieja vida que uno se haya en
    el deseo de animar así sea por cortos instantes. Si las cosas actuales
    anduvieran de otro modo, allí se debería entrar con traje antiguo y
    hablando en francés arcaico. Entretanto, conformémonos.

    La puerta de Saint-Michel alza sus techos coronados de banderolas y abre
    la ancha ojiva de su entrada hacia el Sena. La calle Vielles-Écoles
    presenta su barriada pintoresca, sus fachadas angulares, balcones y
    ventanales; por los pasajes anchos se oyen risas alegres de visitantes;
    en una calle de émulo de Nostradamus, por unos cuantos céntimos dice el
    horóscopo a quien lo solicita; y hay badauds que se hacen decir el
    horóscopo y dan los céntimos.

    Creo que hace falta la figura de Sarrazin-el-de-las-aceitunas,
    circulando por estos lugares, repartiendo como en Montmartre sus
    anuncios rabelesianos y vendiendo su sabroso artículo.

    Robida, el reconstructor, es, como sabéis, hábil dibujante y escritor de
    chispa. Su erudición artística y arqueológica se demuestra en esta
    tentativa, como su talento picaresco y previsor ha podido, en amenos
    rasgos, imaginar costumbres, arquitecturas y adelantos científicos de lo
    porvenir. En esta obra que ha visitado y que será de seguro uno de los
    principales atractivos de la exposición, quiso hacer algo variado,
    aunque reducido. Hay edificio que se compone de varias construcciones y
    que restituye así, en una sola pieza, distintos motivos que recuerdan
    tales o cuales tipos a los arqueólogos.

    Las diversiones del Viejo París no están aún abiertas, con excepción de
    un teatro en donde nos hemos llevado algunos un soberano chasco.
    ¡Imaginaos que no es poco venir a encontrar en el Viejo París, en vez de
    recitaciones de trovadores o juegos de juglares, una zarzuela infantil
    que está dando La viejecita, del maestro Caballero! Faltan aún los
    lugares en donde se pueda comer platos antiguos en su correspondiente
    vajilla, y las tabernas con sus mozas hermosas que sirvan la cerveza.
    Falta el pasado París de las Escuelas, que hiciese ver un poco de la
    vida que llevaban los clásicos escholiers, y que cuando vinieran sus
    colegas de Salamanca o de Oviedo con sus bandurrias y sus guitarras les
    saludasen en latín y renovasen en cada cual un Juan Frollo de Notre-Dame
    de París. Falta que no se mezclen en los puestos de bisutería y bebidas
    los disfraces medievales con los tocados modernos; pues ahora se suelen
    ver unos pasos anacrónicos que ponen involuntariamente la sonrisa en los
    labios. Falta asimismo presentar la sección de los oficios y resucitar
    los gritos de París con señalados vendedores ambulantes. La animación
    falta al barrio de la Edad Media, al barrio de los Mercados, en que ha
    de revivir el siglo XVII; las instalaciones completas de la calle Foir
    Saint-Laurent, Châtelet y Pontau-Change. Cuando todo esté abierto y
    dispuesto, el aspecto no podrá menos que ser un extremo atrayente. Lo
    que no juzgo propio es la concesión que se hará al progreso y a la
    comodidad, con sacrificio de la propiedad. Por la noche, en vez de
    multiplicar las linternas de la época, se verán brillar en los renovados
    barrios lámparas eléctricas.

    Se anuncian para dentro de poco festivales, justas y torneos, y no sé si
    cortes de amor. Es una lástima que no se haya tenido todo lo preciso
    preparado para que no saliese el visitante algo descontento después de
    una vuelta por esta obra inconclusa. Entre lo que llama la atención
    ahora están las distintas enseñas de las tiendas y los puestos, copiados
    de viejas colecciones. Al pasar se evocan nombres que constituyen época:
    Villon, Flamel, Renaudot, Etienne Marcel. Quizá dentro de pocos días se
    vean ya con un alma estas cosas; y al pasar por la casa de Molière
    creamos ver al gran cómico, y en otro lugar sospechemos encontrarnos con
    el redactor de la Gazette, y al cruzar frente a la iglesia de
    Saint-Julien-des-Ménétriers oigamos sones de viola y gritos de
    saltimbanquis.

    No me perdonaríais que pusiese cátedra de arquitectura y comenzase en
    estas líneas una explicación y nomenclatura técnicas de edificios,
    calles y barrios. Mas permitidme que os envíe la impresión del golpe de
    vista, en una tarde apacible y dorada, en que he mirado deslizarse a mis
    ojos el ameno y arcaico panorama.

    Desde lejos, suavizados los colores de la vasta decoración, la visión es
    deliciosa sobre el puente de l'Alma y el palacio de los Ejércitos de mar
    y tierra. Al paso que avanza el bateaumouche, se reconoce, en el oro del
    sol que se pone, la torre del Arzobispado y las dos naves de la Santa
    Capilla, la construcción pintoresca de Palais, con su Grande Salle; el
    Molino, el Gran Châtelet, con su aguda torrecilla; la fonda Cour de
    París y cerca del hotel de los Ursinos, el de Coligny; la gran Chambre
    del Comptes de Louis XII; la iglesia de Saint-Juilen-des-Ménétriers, y
    buena cantidad de edificios más que os habéis acostumbrado a ver en los
    grabados y a distinguir en los planos, hasta la puerta de Saint-Michel y
    el portal de la Cartuja de Luxemburgo.

    Y como el espíritu tiende a la amable regresión a lo pasado, aparecen en
    la memoria las mil cosas de la historia y de la leyenda que se
    relacionan con todos esos nombres y esos lugares. Asuntos de amor, actos
    de guerra, belleza de tiempos en que la existencia no estaba aún
    fatigada de prosa y de progreso prácticos cual hoy en día. Los layes y
    villanelas, los decires y rondeles y baladas que los poetas componían a
    las bellas y honestas damas que tenían por el amor y la poesía otra idea
    que la actual, no eran apagados por el ruido de las industrias y de los
    tráficos modernos.

    Por las noches será ése un refugio grato para los amantes del ensueño.
    Ignoro si los paseantes caros a Baedeker, los ingleses angulares y los
    que de todas partes del globo vienen a divertirse en el sentido más
    swell de la palabra gozarán con la renovación imaginaria de tantas
    escenas y cuadros que el arte prefiere. En cuanto a los poetas, a los
    artistas, estoy seguro que hallarán allí campo libre para más de un
    dulce rêverie. Tanto peor para los que, entre las agitaciones de la vida
    turbulenta y aplastante, no pueden tener alguna vez siquiera el consuelo
    de sacar de la propia mina el oro de una hermosa ilusión.

    /Peregrinaciones (1901) /

    *CUENTOS*

    4

    EL VUELO DE LA REINA MAB

    La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro
    coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre una
    rayo de sol, se colocó por la ventana de una buhardilla donde estaban
    cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
    desdichados.

    Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
    unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas
    cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al
    desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que
    hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a
    quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para
    machacar el hierro encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas
    ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y
    que tienden las crines en la carrera.

    Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
    cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.

    La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:

    -¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he
    arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros
    la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que
    muestra su desnudez bajo el plafón color del cielo. Yo quiero dar a la
    masa la línea y la hermosura plástica, y que circule por las venas de
    las estatuas una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el
    espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa
    huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio
    y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey ante
    un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico Klitón,
    mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.

    Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un
    verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos
    de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las
    Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en
    simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu
    grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos
    gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el
    ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el
    bloque me ataraza el desaliento.

    Y decía el otro:

    -Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta
    gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido
    en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las
    inspiraciones artísticas. He pedido a las campiñas sus colores, sus
    matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a
    una querida. He sido adorador del desnudo con sus magnificiencias, con
    los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado
    en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines.
    ¡Ah!, pero siempre el terrible desencanto. ¡El porvenir! ¡Vender una
    Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!

    Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran
    cuadro que tengo aquí dentro!

    Y decía el otro:

    -Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las
    decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro
    hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio
    de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que
    oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos
    los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis
    escalas cromáticas.

    La luz vibrante se himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi
    corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo
    se confunde y enlaza en la infinita cadencia.

    Entretanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del
    manicomio.

    Y el último:

    -Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flora
    en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es preciso
    que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel, y el que es de oro, y
    el que es de hierro candente.

    Yo soy el ánfora del celeste perfume; tengo el amor. Paloma, estrella,
    nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos
    inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el
    huracán. Y para hallar el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si
    veis mi alma, conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas
    brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las
    lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos,
    porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son
    olorosas a verbena y tomillo, y el santo aliento del buey coronado de
    rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria
    y de hambre.

    Entonces, la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,
    tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de
    miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los
    sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y
    con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes.
    Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la
    esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad,
    que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.

    Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde
    flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se
    oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas
    alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo,
    de un amarillento manuscrito.

    /Azul... (1888)/

    5

    EL CASO DE LA SEÑORITA AMELIA

    Que el doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es
    profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y
    misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre /La
    plástica de ensueño/, quizás podríais negármelo o aceptármelo con
    restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne,
    lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo negaríais la luz
    del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos
    versos? Pues bien; esta noche pasada, poco después que saludamos el
    toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo
    Roeder, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se
    llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba, aureolada de orgullo,
    su bruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se
    veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que
    formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés. El
    doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo
    había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal
    cualquiera. Por ejemplo, ésta:

    -¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!

    La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su
    boca después de oír mi exclamación, confieso que hubiera turbado a
    cualquiera.

    -Caballero- me dijo saboreando su campaña -; si yo no estuviese
    completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los
    que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma,
    sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois
    sino máscaras de vida, nada más. sí, si no supiese eso, si viese en vos
    algo más que un hombre de fin de siglo, os diría que esa frase que
    acabáis de pronunciar: "¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!", tiene en
    mí la respuesta más satisfactoria.

    -¡Doctor!

    -Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera
    hecho en otra ocasión.

    -Creo -contesté con voz firme y serena- en Dios y su Iglesia. Creo en
    los milagros. Creo en lo sobrenatural.

    -En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreír. Mi narración
    espero que os hará pensar.

    En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Minna, la
    hija del dueño de casa; el periodista Riquet, el abate Pureau, recién
    enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de
    los salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: Happy
    new year! Happy new year! ¡Feliz año nuevo!

    El doctor continuó:

    -¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe.
    Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del
    tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a
    tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces cuando logra advertir
    un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender de su
    círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más grande,
    el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar
    una línea del manto que cubre a la eterna Isis. Nada ha logrado saberse
    con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la Naturaleza:
    hechos, leyes, principios. Yo he intentado profundizar en el inmenso
    campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones.

    Yo he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos; yo
    que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus orígenes
    y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo y en la
    teosofía, que he pasado del plano material del sabio al plano astral del
    mágico y al plano espiritual del mago, que sé cómo obraba Apolonio el
    Thianense y Paracelso, y al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma
    búdhico y en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia
    desconocida de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo
    os digo que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema,
    y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y
    pavorosa verdad.

    Y dirigiéndose a mí:

    -¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jilba, linga,
    sahrira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza
    vital y la esencia espiritual.

    Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir
    al doctor:

    -Me parece que ibais a demostrarnos que el tiempo.

    -Y bien -dijo-, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo,
    vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

    Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo
    fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en
    tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta,
    y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres
    Gracias. De más está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para
    encender una hoguera de amor.

    Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido
    en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con
    los dedos ágiles y regordetes, y continuó:

    -Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y que
    Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo,
    tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia, su
    alegre y roja risa, su picardía infantil.diré que era ella mi preferida.
    Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de los
    treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso y
    jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía
    mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta
    mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y
    culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla Amelia!. Sucedía que,
    cuando yo llegaba a casa, era ella quien primero corría a recibirme,
    llena de sonrisas y zalamerías: "¿Y mis bombones?" He aquí la pregunta
    sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos,
    y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de
    deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, a plena boca,
    saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El porqué
    de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos
    lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa
    de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al
    despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos y
    sentimentales; di un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre
    los dientes, por no llorar, y en la frente de Amelia incrusté un beso,
    el más puro y el más encendido, el más casto y el más ardiente ¡qué sé
    yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí en barco para Calcuta,
    ni más ni menos que como vuestro querido y admirado general Mansilla
    cuando fue a Oriente, lleno de juventud y de sonoras flamantes
    esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias ocultas, a
    estudiar entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia
    occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad epistolar que
    mantenía con madame Blavatsky, habíame abierto ancho campo en el país de
    los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de saber, se
    encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente sagrada de
    la verdad, y si es cierto que mis labios creyeron saciarse en sus
    frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar. Busqué, busqué con
    tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el
    Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el archoeno de
    Paracelso, el limbuz de Swedenborg, oí la palabra de los monjes
    budhistas en medio de las florestas del Thibet; estudié los diez
    sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza el espacio sin límites
    hasta el que, llamado Malkuth, encierra el principio de la vida. Estudié
    el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la profundidad, el
    Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegue casi a
    comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Astharot,
    Beelzebutt, Asmodeo, Belphegor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal. En mis
    ansias de compresión; en mi insaciable deseo de sabiduría; cuando
    juzgaba haber llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos
    de mi debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas,
    Dios, el espacio, el tiempo, formaban las más impenetrable bruma delante
    de mis pupilas. Viajé por Asia, África, Europa y América. Ayudé al
    coronel Olcott a fundar la rama teosófica de New York. Y a todo esto
    -recalcó de súbito el doctor, mirando fijamente a la rubia Minna-
    ¿sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos
    azules. o negros!

    -¿Y el fin del cuento?- gimió dulcemente la señorita.

    -Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad.
    ¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina;
    después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo,
    y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el
    fuego del amor, la vestal de los solterones. Y como por tanto, lo
    primero que hice fue indagar el paradero de la familia Revall. "¡Las
    Revall -me dijeron-, las del caso de Amelia Revall", y estas palabras
    acompañadas con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre
    Amelia, la pobre chiquilla. Y buscando, buscando, di con la casa. Al
    entrar, fui recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta,
    y me hizo pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza.
    El paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos
    grandes retratos, en los cuales reconocía a las dos hermanas mayores, se
    miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina:

    -¡Oh amigo mío, o amigo mío!

    Nada más. Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces,
    de palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy
    tristes. Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no
    se habían casado. En cuanto a Amelia, no me atrevía a preguntar nada.
    Quizá mi pregunta llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga
    ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y una deshonra..
    En esto vi llegar saltando a una niña, cuyo cuerpo y rostro eran iguales
    en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí, y con su misma voz
    exclamó:

    -¿Y mis bombones?

    Yo no hallé qué decir.

    Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y movían la cabeza
    desoladamente.

    Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salía a la
    calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo.
    La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que
    yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha
    contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del
    Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del
    desconocido Dios!

    El doctor Z era en este momento todo calvo.

    /Publicado en La Nación (Buenos Aires), 1894/

    Idilio Marino Ruben Dario © Dra. Gloria M. Sánchez de Norris Yoyita
     

    Idilio Marino Ruben Dario

     

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