Envíe esta página de Thanatopia Ruben Dario a un amigo
Thanatopia Ruben Dario

  • Atelier Yoyita •Art Gallery • Renaissance • Site Map • Portrait • Academic Art • Still Life • Watercolors • Landscapes • marine art • Small works • 
  • Miniatures • Animals and wildlife • Digital • Flowers • Cartoons • Drawings • Self portraits and Other paintings • Images of The South • 
  • Images of Europe • Images of The Caribbean • Paintings of Nicaragua • Nicaragua • Ruben Dario • Photography • Biography • Artist's statement •
  • Artist at work • Civil Rights • Sculpture 1  • Contrapposto • In progress • Mississippi • contact us • join with us • Links • IQ Societies links • 
  • Can you put this painting together •  Could you help us to fix this Presidential House in Nicaragua? • katrina • 
  • Katrina search for friends and family • Katrina disability access version of resources • Learn to paint • Fees • Catholic Art • Icons

  •  •Home•   •Rubén Darío•   •PabloNeruda•   •Amado Nervo•   •Manue Acuña•   •Sor Juana Ines de la Cruz•   •Juan de Dios Peza• 
     •Nezahualcóyotl•   •Guillermo Aguirre y Fierro•   •Jose Asunción Silva•   •Federico Garcia Lorca•   •Manuel Gutierrez Najera• 
     •Gustavo Adolfo Becquer•   •Alfonsina Storni•   •Salomón de La Selva•   •Ramón de Campoamor  Enlaces poemas •


    Rubén Darío


    Thanatopia


    —Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad
    de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo
    científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre /Memoria
    sobre el Old. /Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.

    (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):

    —Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y
    ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de
    las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra,
    como dice nuestro maravilloso William.

    No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas
    torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir
    sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al
    ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un
    camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito,
    en ninguna ciudad adonde llego, los cementerios; me martirizan las
    conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos
    aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

    Tengo el horror de la que ¡oh Dios! tendré que nombrar: de la muerte.
    Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así
    fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de
    las que existen en cualquier idioma: /cadáver... /Os habéis reído, os
    reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo
    he llegado a la República Argentina, /prófugo, después de haber estado
    cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi
    padre, /el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido.
    Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues,
    temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener
    oculto... Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el
    silencio por más tiempo.

    Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi
    secuestro, porque... Poned atención.

    (Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento,
    levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que,
    rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en
    Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en
    cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los
    más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre
    de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos
    jóvenes de los famosos /cinderellas dance. /Así prosiguió esa noche su
    extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de /fu//misterie/,
    dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de
    los hechos.)

    —Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un
    colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para
    conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento
    de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos,
    sin halagos.

    Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según
    me han dicho, y /supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo
    menos que podía. /No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen.
    Excusad la manera de mi narración.

    Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida
    fuerza. /Procurad comprenderme. /Digo, pues, que vivía yo solitario en
    mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que
    veo aún en mi imaginación en noches de luna... ¡Oh cómo aprendí entonces
    a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una
    pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses... ¿por qué
    había cipreses en el colegio?.... y a lo largo del parque, viejos
    Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las
    lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector...
    /¿para qué criaba lechuzas el rector ?/... Y oigo, en lo más silencioso
    de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las
    mesas y una media noche, os lo juro, una voz: «James». ¡Oh voz!

    Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre.
    /Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él:
    /alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con
    alguien, /aunque fuese con él./

    Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente,
    su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté
    que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis
    estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de
    tristeza... Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

    —He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha
    comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que
    comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos.
    Además —quería decirte—, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi
    edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien
    he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo
    vendrás, pues, conmigo.

    ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y
    rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada
    casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible
    laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía... ¡Una
    madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del
    doctor Leen, quizá una espantable /bluestocking, /o una cruel sabihonda,
    o una bruja... Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que
    digo? o quizá lo sé demasiado...

    No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición
    tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

    Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la
    que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí
    desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes.

    Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras,
    se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos.
    Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes
    estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente
    quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante
    Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

    Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su
    laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía,
    preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las
    sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que /entonces yo no
    comprendía:/

    —La verás luego... Que la has de ver es seguro... James, mi hijito
    James, adiós. Te digo que la verás luego...

    Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre,
    madrecita mía? /my/ /sweet Lily, /¿por qué no me llevaste contigo en
    aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o
    pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un
    relámpago...

    Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu,
    me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como
    en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los
    viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome
    vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un
    mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera.
    Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.

    Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez,
    /¡por primera vez!/, vi sus ojos clavados en los míos. Unos
    indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto
    jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de
    conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que
    miraban.

    —Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

    Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba
    sentada una mujer.

    Ella...

    Y mi padre:

    —¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

    Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano... Oí entonces,
    como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón,
    aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste:
    «¡James!»

    Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí
    hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría... Y la mujer no me
    miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento.

    Y mi padre:

    —Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James.
    Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.

    Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me
    poseyó el espanto: /aquellos ojos no tenían brillo alguno. /Una idea
    comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi
    cerebro. De pronto, un olor, olor... /ese olor, /¡madre mía! ¡Dios mío!
    Ese olor... no os lo quiero decir... porque ya lo sabéis, y os protesto:
    lo discuto aún ; me eriza los cabellos.

    Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida,
    pálida, pálida, una voz, /una voz/ /como si saliese de un cántaro
    gemebundo o de un subterráneo:/

    —James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un
    beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...

    No pude más. Grité:

    —¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes,
    todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de
    aquí!

    Oí la voz de mi padre:

    —¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.

    —No —grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre . Yo
    saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel
    asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una
    muerta!
    Thanatopia Ruben Dario © Yoyita
     

    Thanatopia Ruben Dario

     

    A Colón • Poema de Otoño • Responso a Verlaine • La cabeza del Rawi • Canción de Carnaval • Salutación al optimista • Letanía de nuestro señor Don Quijote • La copa de las hadas • Los motivos del lobo • Sonatina • La Marcha Triunfal • Cantos de Vida y Esperanza • A Roosvelt • Caupolicán • Del Trópico • El Coloquio de los Centauros • Lo fatal • A Margarita Debayle • Yo persigo una forma • Nocturno • Allá lejos • Que el amor no admite cuerdas reflexiones • Mía • La bailarina de los pies desnudos • Rimas • Ite, missa est • Caracol • A  Amado Nervo • A Campoamor • La Cartuja • La Calumnia • Las ánforas de Epicuro • Nicaragua • Nocturno • De Otoño • La poesía castellana • Nocturno • Sinfonía en Gris Mayor • Desde La Pampa • Prólogo de Abrojos • Abrojos • Rimas • El cisne • Yo soy aquel • Los cisnes • Garconnière • De invierno • Ama tu ritmo • 
    El fardo • Huitzilopoxtli • Thanatopia • Betún y Sangre • Morbo et Umbra • Theodora • El triunfo de Calibán • Idilio marino • 
    I El rey burgués • II La Ninfa • IV El velo de la reina Mab • V La canción del oro • VI El rubí • VII El palacio del sol • VIII El pájaro azul • IX Palomas blancas y garzas morenas • Dedicatoria de Rubén a la primera y 2da edición de Azul • 
    I En busca de cuadros • II Acuarela • III Paisaje • IV Aguafuerte • V La virgen de la paloma • VI La cabeza • 
    I Acuarela • II Un retrato de Watteau • III Naturaleza muerta • IV Al carbón • 
    De invierno • Homenaje a Rubén Darío  • 



    Thanatopia Rubén Darío Derechos Reservados 1976-2009 © Dr. Gloria M. Sánchez Zeledón de Norris. Presione aquí   para comunicarse con la artista