g

 Envíe esta página de betún y sangre a un amigo

betun y sangre Ruben Dario

Atelier Yoyita   Galería de Arte   Site Map   El estilo Renacentista  El Retrato   El Desnudo   Naturaleza Muerta   La Acuarela   El Paisaje   
Marinas   Pinturas Pequeñas   Miniaturas   Animales y mascotas  Flores    Pintura Digital   Caricaturas   El Dibujo   
Autoretratos y otras pinturas  Imágenes del Sur   Imágenes de Europa  Imágenes de Latinoamérica y el Caribe   Pinturas de Nicaragua   
Biografia   Declaración Artistica   La Escultura   Contrapposto   Freedom Summer 1964   En Proceso   Artista trabajando   Radio en español  
Fotografia   Nicaragua   Rubén Dario   El güegüense o Macho Ratón   Añadanos a sus enlaces   Enlaces   Sociedades de Inteligencia   
Podria ayudarme a arreglar esta pintura?   Podria ayudarnos a arreglar esta casa presidencial de Nicaragua?   Mississippi
   Katrina recursos en español   Katrina búsqueda de familiares     Arte Católica    Iconos  Learn to paint

 •Home•   •Rubén Darío•   •PabloNeruda•   •Amado Nervo•   •Manue Acuña•   •Sor Juana Ines de la Cruz•   •Juan de Dios Peza• 
 •Nezahualcóyotl•   •Guillermo Aguirre y Fierro•   •Jose Asunción Silva•   •Federico Garcia Lorca•   •Manuel Gutierrez Najera• 
 •Gustavo Adolfo Becquer•   •Alfonsina Storni•   •Salomón de La Selva•   •Ramón de Campoamor• Enlaces poemas  • 

Rubén Darío

Betún y Sangre  


Todas las mañanas al cantar el alba, saltaba de su pequeño lecho, como
un gorrión alegre que deja el nido. Haciendo trompeta con la boca, se
empezó a vestir ese día, recorriendo todos los aires que echan al viento
por las calles de la ciudad los organillos ambulantes. Se puso las
grandes medias de mujer que le había regalado una sirvienta de casa
rica, los calzones de casimir a cuadros que le ganó al gringo del hotel,
por limpiarle las botas todos los días durante una semana, la camisa
remendada, la chaqueta de dril, los zapatos que sonreían por varios
lados. Se lavó en una palangana de lata que llenó de agua fresca. Por un
ventanillo entraba un haz de rayos de sol que iluminaba el cuartucho
destartalado, el catre cojo de la vieja abuela, a quien él, Periquín,
llamaba "mamá"; el baúl antiguo forrado de cuero y claveteado de
tachuelas de cobre, las estampas, cromos y retratos de santos, San
Rafael Arcángel, San Jorge, el Corazón de Jesús, y una oración contra la
peste, en un marquito, impresa en un papel arrugado y amarillo por el
tiempo. Concluido el tocado, gritó:
-¡Mamá, mi café!
Entró la anciana rezongando, con la taza llena del brebaje negro y un
pequeño panecillo. El muchacho bebía a gordos tragos y mascaba a dos
carrillos, en tanto que oía las recomendaciones:
-Pagas los chorizos donde la Braulia. ¡Cuidado con andar retozando!

... con andar retozando! Pagas en la carpintería del Canche la pata de
la silla, que cuesta real y medio.
¡No te pares en el camino con la boca abierta! Y compras la cecina y
traes el chile para el chojín. Luego, con una gran voz dura, voz de
regaño: "Antier, cuatro reales; ayer siete reales.
¡Si hoy no traes siquiera un peso, verás qué te sucede!"
A la vieja le vino un acceso de tos. Periquín masculló, encogiéndose de
hombros, un ¡cáspitas!, y luego un ¡ah, sí! El ¡ah, sí! de Periquín
enojaba a la abuela, y cogió su cajoncillo, con el betún, el pequeño
frasco de agua, los tres cepillos; se encasquetó su sombrero averiado y
de dos saltos se plantó en la calle trompeteando la marcha de Boulanger:
¡tee-te-re-te-te-te chin!... El sol, que ya brillaba esplendorosamente
en el azul de Dios, no pudo menos que sonreír al ver aquella infantil
alegría encerrada en el cuerpecito ágil, de doce años; júbilo de pájaro
que se cree feliz en medio del enorme bosque.
Subió las escaleras de un hotel. En la puerta de la habitación que tenía
el número 1, vio dos pares de botinas. Las unas, eran de becerro común,
finas y fuertes, calzado de hombre; las otras, unas botitas diminutas
que subían denunciando un delicado tobillo y una gordura ascendente que
hubiera hecho meditar a Periquín, limpiabotas, si Periquín hubiera
tenido tres años más. Las botitas eran de cabritilla, forradas en seda
color de rosa. El chico gritó:
-¡Lustren!
Lo cual no fue ¡sésamo ábrete! para la puerta. Apareció entonces un
sirviente del establecimiento que le dijo riendo:
-No se han levantado todavía; son unos recién casados que llegaron
anoche de la Antigua. Limpia los del señor; a los otros no se les da
lustre; se limpian con un trapo. Yo los voy a limpiar.
El criado les sacudió el polvo, mientras Periquín acometió la tarea de
dar lustre al calzado del novio. Ya la marcha del general Boulanger
estaba olvidada en aquel tierno cerebro; pero el instinto filarmónico
indominable tenía que encontrar la salida y la encontró; el muchacho al
compás del cepillo, canturreaba a media voz: Yo vi una flor hermosa,
fresca y lozana; pero dejó de cantar para poner el oído atento. En el
cuarto sonaba un ruido armonioso y femenino; se desgranaban las perlas
sonoras de una carcajada de mujer; se hablaba animadamente y Periquín
creía escuchar de cuando en cuando el estallido de un beso. En efecto,
un alma de fuego se bebía a intervalos el aliento de una rosa. Al rato
se entreabrió la puerta y apareció la cabeza de un hombre joven:
-¿Ya está eso?
-Sí señor.
-Entra.
Entró.
Entró y, por el momento, no pudo ver nada en la semioscuridad del cuarto.
Sí, sintió un perfume, un perfume tibio y "único", mezclado con ciertos
efluvios de whiterose, que brotaba en ondas tenues del lecho, una gran
cama de matrimonio, donde, cuando sus ojos pudieron ver claro, advirtió
en la blancura de las sábanas un rostro casi de niña, coronado por el
yelmo de bronce de una cabellera opulenta; y unos brazos rosados
tendidos con lánguida pereza sobre el cuerpo que se modelaba.
Cerca de la cama estaban dos, tres, cuatro grandes mundos, todo el
equipaje; sobre una silla, una bata de seda plomiza con alamares
violeta; en la capotera, un pantalón rojo, una levita de militar, un
kepis con galones y una espada con su vaina brillante. El señor estaba
de buen humor, porque se fue al lecho y dio un cariñoso golpecito en una
cadera a la linda mujer.
-¡Y bien, haragana! ¿Piensas estar todo el día acostada? ¿Café o
chocolate? ¡Levántate pronto; tengo que ir a la Mayoría! Ya es tarde.
Parece que me quedaré aquí de guarnición. ¡Arriba! Dame un beso.
¡Chis, chás! Dos besos. Él prosiguió:
-¿Por qué no levanta a niña bonita? ¡Vamo a darle uno azote!
Ella se le colgó del cuello, y Periquín pudo ver hebras de oro entre
lirios y rosas.
-¡Tengo una pereza! Ya voy a levantarme. ¡Te quedas, por fin aquí!
¡Bendito sea Dios! Maldita guerra. Pásame la bata.
Para ponérsela saltó en camisa, descalza. Estaba allí Periquín; pero
qué: un chiquillo. Mas Periquín no le desprendía la mirada, y tenía en
la comisura de los labios la fuga de una sonrisa maliciosa. Ella se
abotonó la bata, se calzó unas pantuflas, abrió una ventana para que
penetrara la oleada de luz del día. Se fijó en el chico y le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Pedro.
-¿Cuántos años tienes? ¿De dónde eres? ¿Tienes mamá y papá? ¿Y
hermanitas? ¿Cuánto ganas en tu oficio todos los días?
Periquín respondía a todas las preguntas.
El capitán Andrés, el buen mozo recién casado, que se paseaba por el
cuarto, sacó de un rincón un par de botas federicas, y con un peso de
plata nuevo y reluciente se las dio al muchacho para que las limpiara.
Él, muy contento, se puso a la obra. De tanto en tanto, alzaba los ojos
y los clavaba en dos cosas que le atraían: la dama y la espada. ¡La
dama! ¡Sí! Él encontraba algo de sobrehumano en aquella hermosura que
despedía aroma como una flor. En sus doce años, sabía ya ciertos asuntos
que le habían referido varios pícaros compañeros. Aquella pubertad
naciente sentía el primer formidable soplo del misterio. ¡Y la espada!
Esa es la que llevan los militares al cinto. La hoja al sol es como un
relámpago de acero. Él había tenido una chiquita, de lata, cuando era
más pequeño. Se acordaba de las envidias que había despertado con su
arma; de que él era el grande, el primero, cuando con sus amigos jugaba
a la guerra; y de que una vez, en riña con un zaparrastroso gordinflón,
con su espada le había arañado la barriga.
Miraba la espada y la mujer. ¡Oh, pobre niño! ¡Dos cosas tan terribles!
Salió a la calle satisfecho y al llegar a la plaza de Armas oyó el
vibrante clamoreo de los cobres de una fanfarria marcial. Entraba tropa.
La guerra había comenzado, guerra tremenda y a muerte. Se llenaban los
cuarteles de soldados. Los ciudadanos tomaban el rifle para salvar la
patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones y los
estandartes, se preparaban pertrechos y víveres; los clarines hacían oír
sus voces en e y en i; y allá, no muy lejos, en el campo de batalla,
entre el humo de la lucha, se emborrachaba la pálida Muerte con su vino
rojo...
Periquín vio la entrada de los soldados, oyó la voz de la música
guerrera, deseó ser el abanderado, cuando pasó flameando la bandera de
azul y blanco; y luego echó a correr como una liebre, sin pensar en
limpiar más zapatos en aquel día, camino de su casa. Allá le recibió la
vieja regañona:
-¿Y eso ahora? ¿Qué vienes a hacer?
-Tengo un peso -repuso, con orgullo, Periquín.
-A ver. Dámelo.
Él hizo un gesto de satisfacción vanidosa, tiró el cajón del oficio,
metió la mano en su bolsillo... y no halló nada. ¡Truenos de Dios!
Periquín tembló conmovido: había un agujero en el bolsillo del pantalón.
Y entonces la vieja:
-¡Ah, sinvergüenza, bruto, caballo, bestia! ¡Ah, infame!, ¡ah, bandido!,
¡ya vas a ver!
Y, en efecto, agarró un garrote y le dio uno y otro palo al pobrecito:
-¡Por animal, toma! ¡Por mentiroso, toma!
Garrotazo y más garrotazo, hasta que desesperado, llorando, gimiendo,
arrancándose los cabellos, se metió el sombrero hasta las orejas, le
hizo una mueca de rabia a la "mamá" y salió corriendo como un perro que
lleva una lata en la cola. Su cabeza estaba poseída por esta idea: no
volver a su casa. Por fin se detuvo a la entrada del mercado. Una
frutera conocida le llamó y le dio seis naranjas. Se las comió todas de
cólera. Después echó a andar, meditabundo, el desgraciado limpiabotas
prófugo, bajo el sol que le calentaba el cerebro, hasta que le dio sueño
en un portal, donde, junto al canasto de un buhonero se acostó a
descansar y se quedó dormido.
El capitán Andrés recibió orden aquel mismo día de marchar con fuerzas a
la frontera. Por la tarde, cuando el sol estaba para caer a Occidente
arrastrando su gran cauda bermeja, el capitán, a la cabeza de su tropa,
en un caballo negro y nervioso, partía.
La música militar hizo vibrar las notas robustas de una marcha. Periquín
se despertó al estruendo, se restregó los ojos, dio un bostezo. Vio los
soldados que iban a la campaña, el fusil al hombro, la mochila a la
espalda. y al compás de la música echó a andar con ellos. Camina,
caminando, llegó hasta las afueras de la ciudad. Entonces una gran idea,
una idea luminosísima, surgió en aquella cabecita de pájaro. Periquín
iría. ¿Adónde? A la guerra.
¡Qué granizada de plomo, Dios mío! Los soldados del enemigo se batían
con desesperación y morían a puñados. Se les habían quitado sus mejores
posiciones. El campo estaba lleno de sangre y humo. Las descargas no se
interrumpían y el cañoneo llevaba un espantoso compás en aquel áspero
concierto de detonaciones. El capitán Andrés peleaba con denuedo en
medio de su gente. Se luchó todo el día. Las bajas de unos y otros lados
eran innumerables. Al caer la noche se escucharon los clarines que
suspendieron el fuego. Se vivaqueó. Se procedió a buscar heridos y a
reconocer el campo.
En un corro, formado tras unas piedras, alumbrado por una sola vela de
sebo, estaba Periquín acurrucado, con orejas y ojos atentos. Se hablaba
de la desaparición del capitán Andrés. Para el muchacho aquel hombre era
querido. Aquel señor militar era el que le había dado el peso en el
hotel; el que, en el camino, al distinguirle andando en pleno sol, le
había llamado y puesto a la grupa de su caballería; el que en el
campamento le daba de su rancho y conversaba con él.
-Al capitán no se le encuentra -dijo uno-. El cabo dice que vio cuando
le mataron el caballo, que le rodeó un grupo enemigo, y que después no
supo más de él.
-¡A saber si está herido! -agregó otro-. ¡Y en qué noche!
La noche no estaba oscura, sí nublada; una de esas noches fúnebres y
frías, preferidas por los fantasmas, las larvas y los malos duendes.
Había luna opaca. Soplaba un vientecillo mordiente. Allá lejos, en un
confín del horizonte, agonizaba una estrella, pálida, a través de una
gasa brumosa. Se oían de cuando en cuando los gritos de los centinelas.
Mientras, se conversaba en el corro. Periquín desapareció. Él buscaría
al capitán Andrés: él lo encontraría al buen señor.
Pasó por un largo trecho que había entre dos achatadas colinas, y antes
de llegar al pequeño bosque, no lejano, comenzó a advertir los montones
de cadáveres. Llevaba su hermosa idea fija, y no le preocupaba nada la
sombra ni el miedo. Pero, por un repentino cambio de ideas, se le vino a
la memoria la "mamá" y unos cuentos que ella le contaba para impedir que
el chico saliese de casa por la noche. Uno de los cuentos empezaba:
"Este era un fraile..."; otro hablaba de un hombre sin cabeza; otro de
un muerto de largas uñas que tenía la carne como la cera blanca y por
los ojos dos llamas azules y la boca abierta. Periquín tembló. Hasta
entonces paró mientes en su situación. Las ramas de los árboles se
movían apenas al pasar el aire. La luna logró, por fin, derramar sobre
el campo una onda escasa y espectral. Periquín vio entre unos cuantos
cadáveres, uno que tenía galones; tembloroso de temor, se acercó a ver
si podía reconocer al capitán. Se le erizó el cabello. No era él, sino
un teniente que había muerto de un balazo en el cuello; tenía los ojos
desmesuradamente abiertos, faz siniestra y, en la boca, un rictus
sepulcral y macabro. Por poco se desmaya el chico. Pero huyó pronto de
allí, hacia el bosque, donde creyó oír algo como un gemido. A su paso
tropezaba con otros tantos muertos, cuyas manos creía sentir agarradas a
sus pantalones.
Con el corazón palpitante, desfalleciendo, se apoyó en el tronco de un
árbol, donde un grillo empezó a gritarle desde su hendidura:
Y-¡Periquín! ¡Periquín! ¡Periquín! ¿Qué estás haciendo aquí?
El pobre niño volvió a escuchar el gemido y su esperanza calmó su miedo.
Se internó entre los árboles y a poco oyó cerca de sí, bien claramente:
-¡Ay!
Él era, el capitán Andrés, atravesado de tres balazos, tendido sobre un
charco de sangre. No pudo hablar. Pero oyó bien la voz
trémula:-¡Capitán, capitán, soy yo!
Probó a incorporarse; apenas pudo. Se quitó con gran esfuerzo un anillo,
un anillo de boda, y se lo dio a Periquín, que comprendió... La luna lo
veía todo desde allá arriba, en lo profundo de la noche, triste, triste,
triste...
Al volver a acostarse, el herido tuvo estremecimientos y expiró. El
chico, entonces, sintió amargura, espanto, un nudo en la garganta, y se
alejó buscando el campamento.
Cuando volvieron las tropas de la campaña, vino Periquín con ellas. El
día de la llegada se oyeron en el hotel X grandes alaridos de mujer,
después que entró un chico sucio y vivaz al cuarto número 1. Uno de los
criados observó asimismo que la viuda, loca de dolor, abrazaba, bañada
en llanto, a Periquín, el famoso limpiabotas, que llegaba día a día
gritando: "¡Lustren!", y que el maldito muchacho tenía en los ojos
cierta luz de placer, al sentirse abrazado, el rostro junto a la nuca
rubia, donde de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio
perfumado y embriagador.

betun y sangre Ruben Dario © Yoyita

 

betun y sangre Ruben Dario

 
A Colón • Poema de Otoño • Responso a Verlaine • La cabeza del Rawi • Canción de Carnaval • Salutación al optimista • Letanía de nuestro señor Don Quijote • La copa de las hadas • Los motivos del lobo • Sonatina • La Marcha Triunfal • Cantos de Vida y Esperanza • A Roosvelt • Caupolicán • Del Trópico • El Coloquio de los Centauros • Lo fatal • A Margarita Debayle • Yo persigo una forma • Nocturno • Allá lejos • Que el amor no admite cuerdas reflexiones • Mía • La bailarina de los pies desnudos • Rimas • Ite, missa est • Caracol • A  Amado Nervo • A Campoamor • La Cartuja • La Calumnia • Las ánforas de Epicuro • Nicaragua • Nocturno • De Otoño • La poesía castellana • Nocturno • Sinfonía en Gris Mayor • Desde La Pampa • Prólogo de Abrojos • Abrojos • Rimas • El cisne • Yo soy aquel • Los cisnes • Garconnière • De invierno • Ama tu ritmo • 
El fardo • Huitzilopoxtli • Thanatopia • Betún y Sangre • Morbo et Umbra • Theodora • El triunfo de Calibán • Idilio marino • Fedra • 
I El rey burgués • II La Ninfa • IV El velo de la reina Mab • V La canción del oro • VI El rubí • VII El palacio del sol • VIII El pájaro azul • IX Palomas blancas y garzas morenas • Dedicatoria de Rubén a la primera y 2da edición de Azul • 
I En busca de cuadros • II Acuarela • III Paisaje • IV Aguafuerte • V La virgen de la paloma • VI La cabeza • 
I Acuarela • II Un retrato de Watteau • III Naturaleza muerta • IV Al carbón • 
De invierno • Homenaje a Rubén Darío  • Rubén Darío casa cuna


Betún y sangre Derechos Reservados 1976-2008 © Dr. Gloria M. Sánchez Zeledón de Norris. Presione aquí   para comunicarse con la artista