Arte Nicaragüense

Dr. Mario Román V., Palalán


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Cada año después de Semana Santa

Cada año después de Semana Santa, muchas familias de Jinotepe acostumbraban ir de vacaciones a Huehuete, el tradicional balneario de los Chingos’; el único Hotel era el llamado de la Pacifica, realmente era una casa grande con tres cuartos para huésped y, una enorme enramada de piñuelas para alguna familia grande.

La comida era excelente, desde el desayuno hasta los últimos bocadillos de las diez por la noche, piso de tierra que era constantemente humedecido por un trabajador para aminorar el calor, hamacas por todos lados, algunas veces hasta 20 colgadas de los horcones, estas, para una gran mayoría servían nos como camas para dormir.

Cuando nos decían que iríamos al mar en carretas, nos llenaba un espíritu de aventura, nos sentíamos como los primeros conquistadores, entraríamos a otro mundo lleno de leyendas de Leones. Panteras y otras fieras, Toros luchando contra Leones para defender la manada, cada año, nos contaba encontraban leones entre los cuernos del toro con los cachos metidos en la madera, ahí moría toro y tigre y, además leyendas de las montanas, la Giganta, las Luces en el Cielo, Las Pelotas que vuelan, etc. Dice un dicho: puedes sacar al niño del campo, pero nunca puedes sacar el campo del niño, exactamente eso nos pasaba, aunque vivíamos en la ¨ciudad¨eramos campesinos educados.

En el preciso instante que nos avisaban del viaje, este comenzaba, teníamos muchas tareas que llevar a efecto, aparte de los exámenes finales que ya se acercaban, como comprar hules para las hondas, esto era muy serio, tenia que ser de neumático rojo, suave, de tal manera que al ponerlo en un declive se resbalara como culebra, solamente los hules rojos no se picaban al tirarle a un zopilote, hacer un buen acopio de hule, además, los amarradotes que si podían ser de hules negros aunque se picaran en agua salada. Ir a los cafetales a cortar los perfectos ganchos de honda, no nos interesaba el valor de unas cuantas plantas de café.

Las piedras eran muy importantes, debería ser ¨piedra fina¨ azul y pesadas, No se podía arriesgar una Pava Loca por tener malas municiones y hules que se reventaran al primer estirón.

Los sombreros eran importantes para los papas, pero realmente a ninguno de nosotros interesaban, estábamos si, obligados a usarlos, luego los caites, recuerdo un año en que mis Zapatos fueron mojados en agua de mar, los puse a secar al sol, esa tarde me los queria poner y fue imposible, eran unas cosas duras, imposibles de calzar, y los zapatos de lona para otros. Los hules para las hondas tenían que ser de donde la Santos Montalbán, una pulpería en donde había lo que se te ocurriera: las piedras buscarlas en los antiguos causes de ríos, los zapatos de lona en donde Mr. Samqui.

El tiempo pasaba lentamente, mas lento aun después de los exámenes finales, nos reuníamos los amigos, que irían con sus familias, a planificar el viaje y la estadía, cada dia había una variante y un nuevo descubrimiento, como si usábamos mercurio metálico en un frasquito amarrado en las piernas, no existía culebra que te mordiera, otros decían que la manteca de tortuga serenada era lo ideal, en todo caso deberíamos tener a mano Curarina, el antídoto universal contra la mordida de serpiente, ya que esta muerde, la culebra pica y no había cura. Una vez una culebra ratonera mordió a uno de nosotros, este llego arrastrándose donde estábamos, le preguntamos que había pasado, nos contó que una gran culebra lo había mordido en la pierna, lo examinamos si, estaba la mordida, inmediatamente a darle curarina, la tomo e sin intervalo la escupió y dijo, prefiero morir de la mordida que del sabor de esa chochada.

El Sábado de Gloria, así se llamaba en aquella época de los treinta, lo esperábamos casi como si fuera navidad, en cuanto repicaban las campanas de la Iglesia Parroquial era señal que acababan de cantar gloria, éramos libres de correr y mas, dos cosas hacíamos, la primera hacer hoyos en la tierra, cada carbón que encontrábamos sabíamos que era el alma de un condenado en los infiernos, claro el patio estaba cubierto de pedazos de carbón de la cocina, ya que los trastes en muchas casas los lavaban con ceniza del fogón y el agua la tiraban al patio.

La otra cosa era, poner en la puerta todos los bultos y calaches propios para cuando llegaran las carretas, se colocaran en un lugar que estuviera a mano para nosotros.

A las dos en punto llegaban las carretas, una para la carga de tijeras, cajones con comida, ropa, lámparas y demás objetos, la otra era para nosotros, los niños. Como queríamos salir rápido sacábamos todo a la calle y lo subíamos a la carreta, al poco teníamos que sacarlo, el guía decía que la carga no estaba balanceada y los bueyes se cansarían rápido, así que a balancear.

Después de una hora, larga, muy larga, comenzaba con la segunda carreta, a eso de las cuatro al fin se ponían en movimiento, nosotros podíamos ir caminando hacia el cementerio para encontrarnos con los otros; nuestros papas ya habían salido montados, estábamos en manos del guía y las tías, que irían en las carretas, no mas de veinte minutos de espera y, todos salíamos.

El guía había escogido ese camino por ser mas sombrado y las pendientes menos empinadas. Los otros caminos eran, uno por los Mameyes, como que se va a Guisquiliapa, se pasa por el Buen Deseo, Guisquiliapa, el Mojón, La Francesa, Las Enramadas de Carlos Román, La Conquista, la quebrada de las Trancas, donde salen los muertos y la gente se pierde, Santa Elena, El Cerro Grande, el Gancho de Camino al Caimito, se toma el camino a mano derecha, pasando por las Mercedes se llega a los Encuentros, si se cruza el rió se va por el camino del Paso de la Solera.

La otra de las vías es por el Convento, La Pila del Aguacate, el Rió de la Cabecera, Macuelizo, La Piedra Pintada, la Chorrera, el Nance y La Calera y se cae otra vez al camino de las Trancas.

Saliendo por el Rastro, se pasa por la Guinea, La Ceibita, la Ceiba y se sale en frente de Ave Maria, se junta al camino que viene por el Panteón.

Rápidamente pasábamos Santa Margarita, un poco mas y llegábamos a los Ángeles, en el gancho de camino que viene de Dolores, cuando nos dábamos cuenta habíamos pasado el Ojochal. Hasta aquí, la fauna era de Oropéndolas, Sanates, Clarineros, Guises y, los Toledos de los cafetales, las Oropéndolas colas de oro, el paisaje era completamente diferente, los grandes árboles de Guanacaste, Maderos, Mameyes, Palos de Hule, Nísperos, Zapotes, Manzanas Rosas Caimitos, Perotes, árboles de sombras en los cafetales, se habían quedado atrás, ahora era otro terreno, otra flora, nos acercábamos al Cangrejero , allí comenzaban las tierras bajas, semi-secas, la mayor parte de los árboles estaban en los cercos, Maderos con sus vainas reventando, Ojoches, Niños Muertos, Jinocuabos, Madroños, enormes Moras, Canas Fístulas con racimos de flores, Caraos para la sangre, Pochotes centenarios, Acetunos, Guasimos de Ternero, Guarumos, Corteses y Laureles; mucha pinuela en los cercos; pasando el Paloelapa, y Sonteco estábamos a las puertas del Bosque. Ya era mas de las Cinco, los Pocoyos comenzaban anunciarse con el “rejodiiido, caballeero”, en el aire los Guises cazando insectos, aun con luz solar comenzábamos a bajar la quebrada del Salto del Bosque, el ruido del Salto silenciaba el traqueteo de las carretas.

Después de aguar los bueyes, iniciábamos la subida hacia Sevilla, (en ese rió habían Lampreas o puede que Anguilas, serpientes marinas como las del Gran Lago), continuaban las carretas buscando las Canas y Canas Blancas, era tiempo de encender los candiles, los que eran colocados en el yugo de los bueyes, con esa luz llegábamos a Canas Blancas.

La ultima parte del viaje antes de llegar a las Canas, la hacíamos dentro de las carretas carretas, cada quien buscaba su carreta y allí se escondía de las sombras de la noche, la persona mayor que estaba a cargo nos contaba historias antiguas, La Odisea, La Iliada, con sus Aquiles, los Pólux y Castor, Ulises, Penélope, Héctor, Paris, Helena, era una iniciación a la mitología Griega. Otro día nos hablaba de La Divina Comedia, en realidad de verdad no nos gustaba mucho pues salía el infierno y, no estaba muy buena nuestra conciencia, nos atrasaban además, sabíamos que después vendrían los cuentos de camino. Después de oír estos cuentos al llegar a las Canas, el trecho de las carretas a la Casa lo corríamos a mucha velocidad

Teníamos que dormir en Hamacas y, según un muy entendido en la materia, toda persona que duerme así, es mecida por los muertos, con el agravante que si te despertas te las verías con el difunto. Yo había visto el cadáver de una persona en descomposición, eso fue el año anterior, estaba en la costa de Tecomapa, así que no quería saber más de difuntos

Una vez en la casa hacienda buscábamos la cena, algo imposible de olvidar, Lomo de Venado asado, el clásico Gallo Pinto, crema, tortillas comaleras, del mismo tamaño del comal, Cacao con leche y cuajada seca ahumada, un monumental chilero de chilotes tiernos y mangos, cebollas y chiles congos.

Ya sea por el cansancio, por la cena o, por los cuentos alrededor de una fogata, era difícil conciliar el sueno, los ruidos de la noche, pocoyos, lechuzas, las reses en el corral, el viento tibio, el canto de los gallos a media noche, eran mucho y, si a ello le sumamos el miedo que teníamos, bueno, eso era demasiado. Luego de madrugada el ruido de los tiradores que regresaban con la carga de venados. Había que ir a ver como pelaban los venados. No había dormida.

Cada quien, ya casi al salir el sol, se iba a dormir a su carreta, eso que lo mezan los muertos era mucho, unos dormíamos arriba sobre la carreta, otros bajo la carreta sobre colchones; acabándonos de dormir los que podían y, así creíamos, nos despertaban, serian las cuatro de la madrugada, a las cinco seguiríamos el viaje; una jícara de leche de la propia teta de la vaca, caliente y espumosa, pinolillo y alfeñique era el desayuno.

Nos poníamos en marcha en una penumbra entre dorada y lila, no habían sobras, todo era sombra, aun no habíamos despertado por tanto pasábamos a seguir durmiendo en las carretas, las que caminando nos arrullaban con sus ruidos y golpes, el ceja buey, Pijuuul vamuuus, vamuuus Canario. No había pasado una hora aun, y uno por uno salían de las carretas como los loros de sus hoyos.

Comenzábamos a bajar a los terrenos planos, desde aquí y casi hasta el mar todo el camino seria paralelo al rió unas veces dentro de el, otras al lado, en todas las pozas grandes encontrábamos “Patos Canadienses” y, grandes Panchones de mas de un metro de alto, los garrobos se comenzaban a ver en casi todos los árboles deshojados, de nuevo la flora había cambiado, ahora sobresalían los grandes Panamas caballeros del rió, con sus castañas inigualables, pero hay de aquel que las toque sin conocerlas, pagara su osadía con dolor; los Canelos de hojas negras; Guayacanes milenarios, Palos de Gato lozanos, solitarios, inmensos; Jenízaros con sus follajes como carpa de circo y vainas olorosas, Almendros de Costa colosales, Caraos de vainas negras, Joco micos, Jocoevenado, Jovos de corroncha, de muchos de ellos pendían enredaderas de Ojoebuey, bejucos de agua y Peines de Mico. En las quebradas, en las paredes de barro los nidos-hoyos de los Guardabarrancos, semejaban quesos Suizos, escondidos entre los bejucos Chupamiel; las Urracas con plumaje de la Bandera Patria. Los Gavilanes en las alturas, Palomas de todas variedades, Pavas Locas, Danzantes haciendo sus piruetas entre los Palos de Quesillo. Ondulando entre los árboles los Chiquimulas negros copete rojo.

Sabias vos, me dijo el carretero, si le quitas las tres plumas que tiene en la cabeza la Urraca, se la das de comer al perro, haces que el perro sea ladrador, los chocoyos hablen y los niños mudos lo hagan también. Me dijo, ese es un secreto que me enseño el ultimo de los Quiches, vivía por la quebrada de Ticuiche.

Junto al rió las Uvitas de Rió, Papaturros y Aromos, en la vega del rió los Sajinos primos de los Quequisques y, a uno y otro lado de las vegas las Juanislamas o Janislamas de flores blancas olorosas, algunas veces los peligrosos Chichicastes de Chirríon, en los remansos miles de sardinas cazando guarasapos coludos.

En grupos nos desperdigábamos buscando un desayuno de Tres Patacón, San Nicolás o alguna Perdiz; al mucho andar llegábamos a la altura de los grandes farallones conformados por las llenas milenarias del rió, Mojaguevos con el majestuoso Peñón enfrente, pasar a la otra ribera sin mojarse era imposible, junto al Peñón la casa y leyenda de Maldonado, alentados seguíamos hasta alcanzar Guascatan.

Han visto alguna vez correr polvo como agua?. Solamente en la cuesta de la polvosa se puede, cualquiera que baja el polvo se derrama tras el como agua, penetra hasta donde uno no se imagina, no hay algo que se escape.

Serian las Nueve de la mañana, el sol calentaba y sentíamos, sin camisas, como la piel se estaba arrugando y poniéndose negra, soasados; la poza de Guascatan en aquellos tiempos era larga y ancha, profunda, rodeada de árboles y riberas de piedra, nos era prohibido bañarnos ahí, supuestamente y verdaderamente habían Lagartos, así que nos mojábamos en las partes ralas del rió.

Nos quedábamos hasta las tres de la tarde, no era bueno para los bueyes el sol y calor, así que a recorrer la montana buscado cacería, terminábamos cazando Chombas, a esa hora de Judas, como decían, ni animales se veían; los mas grandes, que ya tenían almizcle se iban aparte a fumar escondidos de todos, hablaban de novias y que se yo mas.

A las tres otra vez en camino, la meta era Barranco Bayo con sus enormes Jenízaros y Guanacastes; en un Jenízaro el 23 de Marzo de 1901 Eliseo Aviles clavo un machete en el gancho de las ramas de uno de ellos; cuando llegábamos, todos corrían a ver el Machete, y ahí estaba, la ultima vez que lo vi fue en 1970, a alguien se le ocurrió ampliar el camino, arrancaron los árboles, este vivo no hizo leña del árbol caído, hizo platita.

Otra cosa fenomenal que buscábamos era la concha de tortuga de dos y medio metros de largo por casi dos de ancho; nunca he visto colección mas grande Marañones como la de Barranco, una manzana con diferentes variedades, rojos como narices de payasos, rojos pequeños cual tapones, morados delgados y gruesos, amarillos, verdes tierno con jugo dulce, a comer Marañones en rodajas con sal.

No más de una hora después nos movíamos para poder llegar con luz a la Banqueta. Después de pasar el rió una cuantas veces mas veíamos San Antonio señal que al fin llagábamos a la Banqueta, dos inmensos Jenízaros hacían sombra e invitaban a disfrutar la poza, esta tenia una piedra en el centro que sobresalía en forma de banca, por lo pequeña era la Banqueta;

Entre las enormes raíces de los árboles acomodábamos las colchonetas para dormir, esa era una de las mejores noches, visitábamos las casas de las fincas cercanas, comprábamos cuajadas, carne seca de animales de monte, Iguanas secas y ahumadas, carne seca manida de Venados y Cuzucos y, nos contaban cuentos de aparecidos, los tales aparecidos estaban por todas partes, no había un solo lugar en donde pudiéramos estar libres de ellos, lo peor era que en la oscuridad de la noche era muy posible que los viéramos, por tanto no abrir los ojos era la solución.

Temprano por la mañana llegaba una muchacha de la finca vecina con un gran jarro de leche y un mantel envolviendo pan caliente y cuajada fresca, eso seria nuestro desayuno ayudado con unos huevitos fritos. Recogíamos las impedimentas, nos dábamos un chapuzón en la poza y, detrás de la ultima carreta caminábamos, realmente parecíamos una banda de forajidos, en cuarenta y cinco minutos estaríamos donde la Pacifica y por ende en Huehuete.

El olor a marisma nos anunciaba la plaza de Huehuete, algunos años estaba llena, teníamos que rodearla, otros, la cruzábamos por el medio, el aire fresco del mar nos llenaba de alegría, el humo de los hornos y las voces nos aseguraba que ya estábamos en el mero centro del mundo.

Descansábamos un rato y, luego al mar, a quitarnos el polvo fino, tan fino como talco que nos hacia ver como fantasmas blancos; pasar lo mas del tiempo en el agua, si el mar estaba en baja, nos íbamos a las pocitas, a bañarnos a la Poza del Pollo; unos años estaba llena de arena, otros limpia; años después me di cuenta que era el Niño el que nos hacia esos estragos, así como los del agua fría.

La mañana del día siguiente, en cuanto había un poco de luz a buscar que cazar, lo de siempre “chombas”, pero como dice el dicho de: de Lagartija para arriba todo es cacería, estábamos satisfechos; regresábamos a desayunar algunas veces palomas asadas y pan caliente, luego nos íbamos para Tupilapa por costa, después de cruzar los Peñones, no nos interesaba la llena, de regreso podíamos subirnos a la Loma de Bartolo, ( en temporada de mar dona Aída de Arévalo vivía en la casa de la loma, cuando se bañaba le grita a su hijo Frutos, cuando venia un gran tumbo, Fruta la macha granda), sin mojarnos y llegar a Huehuete,; una vez, en la costa encontramos una especie de Tina de baño, era azul claro, celeste eléctrico, brillante, pulida, la quisimos llevar y entre cuatro no pudimos hacer nada, una carreta que paso la levanto, y adiós mis cien palomas…otro año fue un traje como de buzo, era como de dos metros de largo; en otra ocasión encontramos en Tecomapa a unos muchachos que se acababan de encontrar uno como radio que había caído del cielo, eso no fue raro para nosotros, pudiera haber sido Flash Gordon. La verdad, la supimos años mas tarde, una zonda metereologica que jamás fue devuelta.

Todos los años hacíamos un viaje al Astillero, salíamos a eso de las cuatro de la mañana, todo el mundo en caballos, se juntaban muchos otros que no estaban con nosotros, después de pasar Tupilapa, que apenas la mirábamos, Tecomapa con la inmensa laguna-plaza, por eso el nombre las Placitas de Tecomapa, casi tres horas después llegábamos a Vera Cruz de Acayo, frente al mar había una colina de conchas que por años la gente se había comido, desayunábamos algo, continuábamos, pasábamos Tulalinga, el Mogote Peñón y por fin cruzábamos los farallones para llegar a Escalante, No hay en todo nicaragua una rada mas bella que la del Astillero, desde donde desemboca el río, el Velo de la Novia, con el promontorio que se adentra en la bahía, hasta su final al sur, aguas azules, mansas, tibia, es digna de una serie de hoteles turísticos.

En uno de esos viajes, yendo a la altura de Tecomapa, ya había suficiente claridad, encontramos que el rió se había llevado bastante de la barra y, entre esta y la costa había un desnivel de un metro, cortado en ángulo recto, por la costa a la orilla de los Espinos venia un burro corcoveando, abajo cerca del rió en el chaflán estaba un Gato Colamuca, el burro se puso al borde y lanzo un Jiaju jiaju, el Gato salto hacia arriba cuando iniciaba el segundo Jiaju el burro, el burro cuando vio al gato salio disparado hacia atrás, saltando, pateado y pediando, el Gato solamente hizo miaun y en un amen había desaparecido entre las tunas.

Otro año fuimos a las alturas de Huiste, ya en la cima el clima era fresco, mucho mas que el pueblo de Jinotepe, divisábamos la costa desde bahía de Salinas hasta León, por el norte El Gran Lago Cocibolca, a un lado, la ciudad de Granada, luego Masaya, mas cercanas Jinotepe, Diriamba y San Marcos, toda la meseta y al fondo el Lago Xolotlan, bajamos por el lado del mar y encontramos manantiales de agua caliente.

Estas son unas bellezas que muy pocos chingos conocen, otra de ellas es el Mogote, un inmenso promontorio de rocas con una cueva en el medio que ha ido horadando el mar, muchas personas veían al fondo de la cueva una imagen de la Virgen Maria, estos restos geológicos jamás han sido estudiados, allí están las cucarachas de mar mas grandes que he logrado encontrar, así como los cascos de burro y, las cabezas de hacha gigantes.

Todas las tardes íbamos al rió a lavarnos la sal, nuestro juego era pelear contra los monos Caras Blancas y Los Panchones unos monos grises, nosotros le tirábamos piedras e ellos nos tiraban ramas, todo alrededor de los lavanderos estaba lleno de monos; decían las mujeres lavanderas que los monos las espiaban y se ponían alegres cuando las veían desnudas de la cintura arriba.

Cuando íbamos al rió de la Flor, aprovechábamos ir a comer Jocotes donde Nicolás Moya, no menos de sesenta palos con todas las variedades que se le ocurra a uno que existían; también compraban huevos de Lagarta, grandes como de chompipe, suaves como de iguana, tengo idea que eso termino con los Lagartos en la zona, actualmente solamente se encuentran en las Placitas.

Un año encontramos a las lavandera limpiando ranas, fue un año tremendo de sequía y la guerra mundial, ellas tenían que hacer eso para darle de comer a sus familias, mientras en otras partes ese lujo no lo podían pagar mas que los muy ricos.

Otra vez nos metimos a caminar en la quebrada del Cincoyo, encontramos un ancla de dos metro colgada de un árbol, nos dijeron que habíamos estado cerca de el embarcadero; esto me hace pensar como serian esos ríos hace unos Dos Cientos años. Contaba Nicolás Moya que barcos grandes entraban hasta el lugar que llaman ahora el Embarcadero.

Del río de la Flor nos íbamos caminando hasta las ruinas de la casa de Picci, junto estaba un manantial y un bosque petrificado, estaba tan bien conservado que la savia (leche) se veía fresca, los troncos de los árboles se podían identificar, Guarumos, Jinocuabos, Guayacanes, etc.

Otro año Simeón Parrales mando que cavaran para hacer otro horno de sal, encontramos tantos artefactos de piedra y barro como si fueran enterrados a propósito, me llamo la atención una piedra de Moler en forma de U con dibujos en bajorrelieve, las patas que la detenían parecían tigrillos, algo bello y único.

Un año el mar saco un Guanacaste inmenso, así lo veíamos nosotros, muchas familias se tomaron fotos en el, una de las noches decidimos pegarle fuego, paso ardiendo una semana, unas ramas quedaron, las encontramos el siguiente año.

Por las noches se jugaban a las Prendas, cada uno escogía una prenda de vestir Ej. Camisa, pantalón, calcetines, etc. Alguien iniciaba diciendo: Por aquí paso un soldado, todo sucio y derrotado, todo llevaba pero no llevaba zapatos, el de zapatos debería contestar rápido iniciando con el Soldado…si la persona perdía, tenia que dar una prenda.

Esta prenda podía ser una medalla, una navaja, x, etc. Cuando el juego no tenia más jugadores el que quedo sin perder cogia las prendas y sacaba una, no enseñaba la prenda y preguntaba a alguien: que merece el dueño de esta prenda? La persona contestaba Ej.que vaya solo a los Peñones. También, que vaya solo al Panteón del montecito y, así hasta que se terminaban las prendas.

Cuando sabíamos que alguien estaba enamorado de una de las muchachas se mandaba a darle un beso, ambos quedaban satisfechos; así seguía el juego hasta que nos llamaban a dormir, caminábamos planeando el día siguiente. Por esa época en Huehuete no había servicio eléctrico, nos iluminábamos con lámparas de carburo o de Gasolina.

El castigo mas grande que nos podían dar era ir al panteón de Huehuete, estaba en una montanita, las tumbas desperdigadas por todos lados, las cochinas dudas, el puerco miedo y, además ir solo, Dios te guarde con Dios te libre.

Cada vez que recorría ese camino, después de muchos años, escuchaba las voces de los amigos gritando, cantando y llamándonos unos a otros, siempre me transporto’ a mi niñez y adolescencia, los años dulces y felices de unos niños de pueblo que amaban el campo, el bosque y el mar.

El regreso, siempre era triste, no era en carreta, el carro nos esperaba, una hora después de nuevo en el pueblo, negros como Pijules, con los pies como raquetas de Tenis, pensando en Mayo, ya venían las clases, se terminaban las vacaciones, volveríamos a ser maquinas, de vez en cuando a platicar de los logros obtenidos en el mar.

Años después hicimos la misma travesía en un camión viejo armado por nosotros, ya como matacanes y con almizcle, fueron unos viajes bellos, llenos de aventuras, nos llamaron Los Húngaros, pero jamás fueron como los años de la niñez

Palalán


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